Thursday, January 19, 2006

 
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Friday, January 13, 2006

¿Tuvieron escritura los antiguos peruanos?

La respuesta es un sí rotundo. La escritura Mochica de hace 2,500 años fue simbólica. Igual que la de nascas y paracas. Los incas tuvieron escritura superior, fonética o alfabética, basada en consonantes que se podían hacer gráficos, representar en tejidos, metales, madera o piedra, recoger en una yupana o tabla de cálculo de los kechuas o, trasladarla directamente a los kipus. Los dibujos que están en esta página, al comienzo de esta carta, no son decorativos. Es una frase escrita en alfabeto incaico, cuya traducción del runasimi o quechua al castellano dice: Todo lo bueno que hay en el Perú procede del Tawantinsuyo”.

La mayoría de los cronistas de la conquista negaron la existencia de una escritura incaica, basados en lo que ellos conocían como escritura: “los indios no tienen letras, en consecuencia son ágrafos”, afirmaban. Es indudable que no tenían alfabeto latino, cirílico o griego, ni escrito con pluma y tinta sobre papel, como ellos. Pero eso no significa que no pudieran comunicarse por otros procedimientos convencionales. Los chinos tampoco tienen alfabeto ni escritura silábica, pero no por eso se les puede decir que son ágrafos.(Recién en la década del 50, China oficializó un alfabeto latino modificado para su idioma. El problema para divulgarlo es que previamente tienen que preparar a varios millones de profesores.)

Siglos antes de los incas, los hombres de esta tierra idearon signos convencionales para comunicaciones no verbales. Los dibujos rupestres, como los geoglifos, pictografías, petroglifos, etc., demuestran ese esfuerzo casi desesperado para materializar de alguna manera los conceptos, la memoria y establecer una comunicación no verbal.

En la cerámica de las culturas pre-incas se encuentran evidencias de formas de comunicación simbólica. El arqueólogo peruano Rafael Larco Hoyle sostiene que los antiguos peruanos, anteriores en siglos al Tawantinsuyo, tenían escritura. Para demostrar su teoría señala los signos convencionales que utilizaban los mochicas dibujando o grabando sobre pallares. A pesar de la existencia de cerámicas con reproducción de los pallares con inscripciones de rayas, puntos y manchas, por el tiempo transcurrido, el saqueo y la destrucción de las muestras, por obra del hombre o la naturaleza, parecería muy difícil descubrir las claves de esa escritura. La otra dificultad es la desaparición, en este siglo, del idioma muchic que hablaron los mochicas. Larco explica la forma como se enviaban los pallares, en bolsas especiales que se angostaban por un extremo, posiblemente para facilitar la salida sucesiva y ordenada de cada mensaje.

La escritura de los peruanos antiguos había que buscarla en los tejidos, en la cerámica, en los fabulosos mantos de Paracas, en las paredes decoradas de Chanchan, en los nódulos de piedra sobresalientes de las construcciones pre-incas, en la ropa y los presentes de las momias que guardan por siglos bajo tierra sus secretos y, sobre todo, en el Tawantinsuyo, en los pocos kipus que han sobrevivido a su despiadada destrucción. Raúl Porras Barrenechea recoge el relato del estudioso suizo Tschudi sobre los indios Panos del Ucayali, que representaban con jeroglíficos pintados sobre hojas, el día y la hora del nacimiento de un niño.

Lo mismo que sobre el Perú antiguo, los historiadores afirmaron durante siglos que los antiguos egipcios fueron ágrafos. Recién en 1822, el francés Jean Francois Champollion, con el hallazgo de una piedra llamada Roseta, pudo descifrar los jeroglíficos que hasta entonces se creían simples motivos decorativos. Los antiguos egipcios no sólo tuvieron escritura -desde luego creada por ellos y para ellos y no para sus conquistadores- sino una gramática avanzada para su tiempo. La falta de escritura de los antiguos peruanos sería incompatible con los avances espectaculares en campos como la matemática, astronomía, agricultura, arquitectura, metalurgia, hidráulica y, fundamentalmente, para mantener su organización política, económica y social. En ese caso, como dijo Porras Barrenechea, “los incas se darían el lujo de ser a la vez bárbaros en lo cultural y supercivilizados en política".

Pero esas especulaciones parece que serán cosas del pasado. La escritura de los incas tiene ya su intérprete, su Champollion, aunque hoy pase desapercibido, sin los honores y el reconocimiento que deberíamos tenerle. Se llama William Burns Glynn, es un ingeniero textil inglés que llegó al Perú, enamorado de su cultura antigua, en 1956. Desde entonces hasta hoy trabaja, con la obstinación y la erudición de los grandes descubridores, en descifrar esa escritura perdida hace cinco siglos. Finalmente lo ha logrado. Su piedra Roseta son los dibujos hechos por el indio Felipe Guamán Poma en su libro “Nueva Coronica y Buen Gobierno". Los signos que Burns ha identificado como alfabeto en esos dibujos, los ha comprobado en tejidos y cerámica incaica.

¿Cuantas letras tiene el alfabeto incaico descubierta por Burns? ¿Cómo ha logrado su identificación? ¿Se pueden leer con esos signos los mensajes que contiene la cerámica y los textiles incas y, en el futuro, podremos leerlos en los kipus? El resultado de su trabajo es sensacional. Estoy tan entusiasmado que las respuestas quiero mantenerlas en suspenso para más adelante.

Hay una pregunta, cuya respuesta concreta hubiera sido imposible darla antes de los descubrimientos de William Burns, que le formulamos a nuestro profesor de historia cuando en la secundaría nos explicaba la forma en que funcionaba el correo en el Tawantinsuyo, mediante el sistema de chasquis o mensajeros. ¿Cómo eran los mensajes?, interrogamos: ¿verbales o escritos? No tengo idea de cuántos de estos corredores se necesitaban para llevar los encargos de Cusco a Quito en cinco días o de Cusco a Cajamarca en tres.

No hubiera sido práctico confiar recados verbales para que lleguen con fidelidad de un extremo a otro, de Cusco a Quito, o de Cusco a lo que hoy son Bolivia, Colombia, Chile o Argentina, confiando en la memoria de centenares o tal vez millares de corredores que se iban reemplazando cada cierto trecho, en una interminable carrera de relevos o postas. Si cada chasqui hubiera tenido que relatar el contenido de cada encargo al que lo sustituía en la carrera, en primer lugar se hubiera perdido tiempo valioso, esperando que cada relevo memorice el contenido. En segundo lugar, los errores u olvidos humanos lo hubieran ido tergiversando y desnaturalizando en el trayecto. Por lo demás, no se trataba de temas simples, sino de asuntos políticos, económicos, militares, como movimientos de tropas, abastecimientos, cambios de táctica, relevos de personal e información sobre acontecimientos en las provincias del enorme imperio para ser conocidas en su capital y viceversa.

¿Se imaginan cómo pudo cambiar la historia -si los mensajes hubieran sido únicamente verbales- con la orden de Atahuallpa dada en Cajamarca, para que dieran muerte al legítimo inca Huascar en el Cusco? Hubiera bastado que uno solo de los miles de chasquis, partidario de Huascar, modificara la consigna. La única manera posible de llevar comunicaciones fieles y rápidas de una ciudad a otra, tenía que ser utilizando alguna forma material, simbólica, gráfica y convencional de representación de ideas y conceptos. Un cronista de la época explica que cada mensajero llevaba y entregaba a su sucesor, un bastón. Es posible que en ese objeto estuviera escrita la carta. De la existencia del bastón se sabe, además, porque el Inca Wayna Qapaq escribió su testamento en una vara larga de madera que “entregó enseguida a sus quipukamayoj", conforme versión recogida por el cronista Cabello de Balboa.

Ahora sí, con los descubrimientos de William Burns, podemos estar seguros que los chasquis llevaban mensajes escritos, los mismos que podían ser dibujados en algún material como madera o directamente en los kipus. Esto último se demostraría con el dibujo hecho por el indio Guamán Poma, de un chasqui llevando un kipu en la mano. Guaman Poma señala el kipu e indica que se trata de una carta.

William Burns, como otros muchos estudiosos de este apasionante tema, no aceptó el calificativo de ágrafos que daban -y siguen dando- a los antiguos peruanos. Era suficiente leer con cuidado lo que sostenían los cronistas que conocieron el Tawantinsuyo, para deducir la existencia de otros medios de expresión alternativos a la escritura occidental.

Hay un hecho cierto: los peruanos antiguos, al igual que los europeos antiguos, no conocían el papel. Los europeos fueron analfabetos hasta siglos después de que los fenicios inventaran el alfabeto y los chinos el papel. Igual pasó con la escritura de los números que también fue creación asiática, no se sabe sí hindú o persa. El desarrollo cultural peruano - a diferencia del europeo- fue autónomo, sin ninguna contribución extranjera y se sustentó exclusivamente en la inteligencia creadora de sus habitantes mentalmente privilegiados. Ellos tuvieron que inventar, sin ejemplos cercanos o lejanos, su escritura así como los materiales que hicieran posible su realización. El objetivo de la comunicación fue el mismo, pero distintos los procedimientos.

Si este razonamiento hubiera pasado por la cabeza de los cronistas que nos calificaron de ágrafos, se hubieran preocupado en aprender por lo menos el manejo y la interpretación de tablas y quipus numéricos e historiales. Garcilaso, como mestizo cusqueño, lo aprendió de sus tíos incas pero no lo divulgó. Es posible que lo olvidara cuando empezó a escribir sus “Comentarios Reales" varias décadas después de dejar el Perú. Garcilaso afirma que los “ñudos o kipus servían para hacer números “el ñudo dice el número, más no palabras". A pesar de esa afirmación, en su libro transcribe y traduce unos versos quechuas que estaban “en los hilos de diversos colores de los nudos y cuentas historiales" de donde sacaron los indios para que los aprendiera el sacerdote Blas Valera, que quedó “admirado de que los amautas hubieran alcanzado tanto". Los nudos y cuentas imperiales son diferentes, más avanzados y complicados, que el quipu numérico que Garcilaso aprendió a manejar y olvidó o no le pareció importante divulgarlo.

Voy a expropiarle al maestro Porras Barrenechea, de su libro “Fuentes Históricas Peruanas", algunas citas de cronistas importantes de los primeros años de la colonia, para que deduzcan ustedes por su cuenta si los incas fueron o no ágrafos. La conclusión de Porras fue que el quipo era un instrumento mnemotécnico, una especie de ayuda memoria que se complementaba con canciones. Con él coinciden numerosos historiadores, etnólogos, lingüistas y otros, nacionales y extranjeros. Pero, igualmente, hay otros estudiosos de igual valía y renombre que afirman que se trata de una forma diferente de escritura. Entre estos últimos está el inglés Willian Burns.

En marzo de 1991, se realizó un coloquio en Dumbarton Oaks, Washington, sobre el arte y la escritura en la América precolombina. Con el auxilio de la cibernética y de conocimientos modernos como la etnografía, la semiótica y la lingüística, los científicos europeos y norteamericanos que asistieron a ese estudio colectivo, llegaron a la conclusión que los “indios de América solían registrar su historia y sus conocimientos por medio de técnicas verbales, visuales y otras" y que “los quipos de los antiguos peruanos y los libros de pintura aztecas y mixtecas serían equivalentes a las letras que los colonizadores europeos portaban consigo". Para los científicos de Dumbarton Oaks, “los quipus y otros sistemas de información de naturaleza visual y táctil forman alternativas de escritura". El párrafo que les he citado, es una abigarrada síntesis del libro, lamentablemente todavía no editado en español, “Writing without words” escrito por Elizabeth Will Boone, como resultado de ese coloquio de especialistas.

Comenzaré con las citas anunciadas, con la aclaración indispensable que para mayor comprensión, he modernizado algunas palabras castellanas escritas hace casi cinco siglos. Quiero evitarles lo fatal que resultó para mi generación, que en el colegio nos dieran a leer a Garcilazo y a Guaman Poma, en ediciones castellanas arcaicas. Terminamos por hablar de ellos sin haberlos leído, de oídas, como mucha gente habla del Quijote. Hoy, casi medio siglo después de nuestros padecimientos estudiantiles, se los ha editado en lenguaje modernizado. Leerlos -sobre todo a Garcilaso- resulta una delicia y mucho mayor cuando no es para dar exámenes:
Cieza de León: “Había quipucamayoc -responsables del manejo e interpretación de quipus- que entendían de las cuentas y otros más retóricos y abundantes de palabras que relataban los hechos en forma de romances y villancicos y que estos contaban lo que pasó hace quinientos años como si fueran diez".

El contador Agustín de Zárate que llegó al Perú en 1540, escribe: “las cosas que cuentan -los indios- se perpetúan por medio de unas cuerdas de algodón que llaman quipus. Los quipucamayoc tienen a su cargo poner en memoria por estas cuerdas las cosas generales" Informa, así mismo, que en el Perú “se hallan casas públicas llenas de cuerdas, las cuales con gran facilidad da a entender el que las tiene a cargo, aunque sean de muchas edades antes de él". Zárate habla de la existencia de “archivos de quipus y escuelas de muchachos".

Padre José Acosta: “En cada manojo de estos tantos nudos, nudicos e hilillos atados, unos colorados, otros verdes, otros azules, otros blancos y finalmente tantas diferencias que así como nosotros con 24 letras, guisándolas de distintas maneras, sacamos una infinidad de vocablos, así estos indios de sus nudos y colores sacaban innumerables significaciones de cosas".

El historiador español, Polo de Ondegardo, que vivió en el Perú de 1561 a 1575 escribió lo siguiente: “En aquella ciudad se hallaron muchos viejos oficiales antiguos del Inca, así de la religión como del gobierno, y otra cosa que no pudiera creer si no lo viera, que por hilos y nudos se hallan figuradas las leyes y estatutos, así de lo uno como de lo otro, y las sucesiones de los reyes que no fue poco, y aún tuvo alguna claridad de los estatutos que en tiempo de cada uno se había puesto".

Otro cronista, el sacerdote Martín de Murúa, escribió: “Quipu y libro se equiparan, pero el kipu es harto oscuro, inexplicable, pero admirable". “Por ellos se entendían con la facilidad que nosotros en nuestra lengua por nuestro papel y tinta". “Por la simplicidad y contingencia de la vida, todas las cosas les sucedían prósperamente de manera que mejor se entendían ellos con estos cordeles, o lo menos tan bien como nosotros por escrito". En otra parte agrega: “Pero lo que a mí más me espanta es que por los mismos cordones y nudos contaban las sucesiones de los tiempos y cuanto reinó cada inca y si fue bueno o malo, si fue valiente o cobarde, todo en fin lo que se podía sacar de los libros se sacaba de ahí".

El padre Vásquez de Espinoza, en un informe al gobernador español Vaca de Castro, escribió: “Todo cuanto exponen sobre la monarquía inca es conforme a lo que he podido inquirir y rastrear de las cuentas y confusas relaciones de los quipus de los indios que son sus libros anales, por donde se gobernaban y asentaban sus hazañas". “Los quipucamayoc eran a manera de historiadores. Cada inca tenía los suyos".

Sarmiento de Gambóa: “En el quipu dan ciertos nudos, como ellos saben, por los cuales y por la diferencia de colores distinguen y anotan cada cosa como letra. Es cosa de admiración las menudencias que conservan en aquellos cordeles, de los cuales hay maestros como entre nosotros del escribir".
“Cristobal de Molina: Los quipos “dan razón de más de quinientos años de todas las cosas que en esta tierra en este tiempo han pasado".
Hasta aquí algunas citas tomadas de “Fuentes Históricas Peruanas". Me llama la atención que el maestro Porras no haya considerado entre los cronistas que se ocuparon de los quipus al indio Guamán Poma que, con sus ilustraciones y explicaciones es la clave para el descubrimiento del alfabeto hecho por William Burns.

Desde que comencé esta carta la palabra más citada es kipu, con distintas ortografías, pero sin ninguna explicación. Haré el esfuerzo. ¿Qué era el kipu? Una cuerda principal, a lo largo de la que cuelgan numerosos hilos o cordeles más delgados. A su vez de cada uno de estos se desprenden otros subsidiarios o sub grupo de hilos. En los cordeles colgantes se hacen nudos a distancias diferentes con relación a la cuerda principal. Dos cosas más que añadir: hay distintas formas de nudos -simples y compuestos- y con hilos de varios colores y tonalidades. Igualmente hay varios tipos de kipus. El italiano Radicati de Primeglio los ha clasificado en numérico o estadístico (como el que aprendió a interpretar Garcilaso), ideográfico simple e idiográfico perfecto. En el kipu ideográfico perfecto se han guardado temas diferentes, por eso hay kipus históricos, legislativos, astronómicos, imperiales, como los califica Porras, etc. Me parece que son como los libros. Uno para cada tema o especialidad. Hay un cronista conocido como el Jesuita Anónimo, que se refiere a un kipu que guardaba el texto de un debate ideológico -modestamente lo llamaremos kipo filosófico- sobre la imposibilidad de que un hombre nacido de mujer pueda ser considerado divino.

Los tamaños de los tipos son igualmente variables. Los han hallado hasta de1.65 m de largo y con hilos verticales de 67 centímetros. En Pachakamaj se encontró uno que pesaba una arroba. Pudo haber sido -¡ y por qué no!- un kipu enciclopédico. La mayor parte de los kipus supervivientes a su devastadora destrucción, se hallan en museos norteamericanos y europeos.

Guamán Poma aventaja a varios de los cronistas o historiadores españoles de la conquista, a pesar de sus confusiones y del sectarismo con el que asumió su nueva religión, por ser indio, bilingüe quechua-español (aunque hablaba otros dialectos), dibujante e intérprete de kipus y qelqas. Se lo considera “el último Qelqakamayoj". Para que se convenzan que el kipu no sólo era numérico sino conceptual, voy a citarlo en algunas referencias que hace de los kipus, con los que se demuestra que no sólo servían para registrar cifras sino palabras:
Refiriéndose a las fuentes que le sirvieron para escribir su “Nueva Croonica y Buen Gobierno, dice: “para sacar en limpio estas dichas historias hube tanto trabajo por ser sin escrito ni letra alguna sino nomás de quipos y relaciones" (Como verán se refiere a historias sacadas de kipus)
“Esta dicha gente si lo superan leer y sembraran y lo escribieran sus curiosidades, ingenio y habilidad, lo supieron por quipus, cordeles y señas, habilidad de indio." En referencia a los asesores del inca, dice: “Secretario incap quipuchin" (el que hace nudos para el Inca) “Escribano Tawantinsuyo quipoc (Escribano que hace quipus para el Estado). Guamán Poma, que se definió como “indio ladino" trabajó a órdenes de sacerdotes españoles y tuvo varios pleitos judiciales, no podía equivocarse al calificar a un tenedor de cuentas o contador con un escribano: “los escribanos asentaban todo en el quipo con tanta habilidad que las anotaciones resultaban hechas en los cordeles como si se hubiera escrito en libros.
-”Y por esta orden hacía quipo de gastos y multiplico y de todo lo que pasaba en este reino en cada año, y los filósofos, astrólogos, para sembrar y coger las comidas y viandas y para otras ocasiones, y orden y gobierno, se regían con sus quipus y con mucha claridad y distinción lo que se ha gastado, consumido, en qué mes y en que año pasó, daban relación de ello. Y para no errar la hora y día se ponían a mirar en una quebrada y miraban el salir y apuntar del rayo del sol de la mañana como viene por su ruedo, volteando como reloj entienden de ello; y no le engaña un punto el reloj de ellos.
-”Y en todo el reino había escribano de cabildo, éstos asentaban lo que pasaba en los dichos cada pueblo de este reino y había escribano real, estos andaban asentando en los caminos reales y en otras partes; y había escribanos nombrados, estos dichos escribanos los llevaban los jueces y alcaldes a las provincias para que de fe y asiente por quipo y cuenta razón, éstos tenían tanta habilidad, pues que en los cordeles supo tanto, ¿Qué me hiciera si fuera en letra? “Con los cordeles gobernaban todo el reino".

Hay tres ilustraciones en el libro de Guamán Poma que demuestran que la escritura se hacía en los kipus.
1.- El dibujo del secretario del inca, que recibe las órdenes, con un kipu extendido entre la manos.
2.- El dibujo del joven mensajero, llevando un kipu en la mano derecha. A este kipu, Guamán Poma, le pone un cartelito señalando que se trata de una carta. Cuando hace la explicación de “Quinto visita" se refiere a los jóvenes entre los 18 y los 30 años que servían de mensajeros de un pueblo a otro, con un kipu al que el cronista indio denomina carta.
3.- El dibujo del Contador mayor y tesorero llamado Condur Chaua. que figura con un kipo que sostiene con las dos manos extendidas y, a un costado, la yupana o tabla de cálculo. Precisamente de esta ilustración, William Burns, descifra la yupana y obtiene la siguiente palabra quechua: “Rimaisimasi" que en castellano significa: la boca que habla o lo que ayuda a hablar.

William Burns Glyn, afirma y demuestra que los antiguos peruanos, en este caso los incas, sí tenían escritura y del más alto nivel, es decir, alfabética. Utilizaban consonantes cuyas letras podían ser sustituidas por números. No se ha descubierto ninguna piedra como la Roseta egipcia, pero en cambio hemos recibido el legado invalorable de indio Felipe Guaman Poma que, en las ilustraciones de su libro “Nueva crónica y buen gobierno", nos dejó las claves precisas y un reto a la posteridad para que algún día los descifremos.

Burns Glyn aceptó el desafío de Guaman Poma y ha descifrado su mensaje, con lo cual ha descubierto la escritura de los incas después de casi cinco siglos que estuvo perdida y parecía irrecuperable. Producto de ese trabajo al que ha dedicado casi toda su vida en nuestro país, es su libro “Legado de los Amautas" que trata de cuatro asuntos fundamentales en los siguientes capítulos: La Escritura Perdida de los Incas; La Tabla de Cálculo de los incas; El Kipu 17/8826 y El Tiempo en el Antiguo Perú.

Sobre su interpretación no cabe duda. El hecho de que sus revelaciones no hayan ocupado grandes titulares informativos, sino que, por el contrario pasen desapercibidas sólo se puede explicar porque nuestra historia sea considerada como un tema secundario, casi irrelevante, al extremo que una universidad ha cerrado este año su facultad de historia.

Burns Glynn afirma y demuestra que “los incas sí conocieron el invento superior de la historia, la escritura alfabética, en este caso compuesta por consonantes". “La ciencia de los números y los números en sí les eran tan importantes que hasta fueron usados relacionándolos con su alfabeto". “El kipu servía para registros estadísticos pero se usaba para anotar mensajes abstractos en sus cuerdas colgantes. Los kipus sirvieron para trasmitir comunicaciones culturales muy variadas.

William Burns, que de tanto observar y estudiar cerámios y tejidos del Perú antiguo debe conocer los dibujos de cada uno ellos de memoria, comprobó que varios de esos dibujos se parecían a los hechos en papel y con tinta por Guamán Poma, especialmente los referidos a los incas. Cada inca está dibujado con un vestido distinto, descrito en detalle por el escritor indio. En la camiseta de cada inca aparece, como decoración, sobre una franja amplia llamada tocapo, una serie de signos o trazos gráficos que se repiten en forma espaciada. La secuencia de estos signos es diferente en cada vestido, salvo una secuencia que se repite en algunas. Burns establece que en cada tocapo los diseños varían, lo que le hace suponer “que los diseños distinguen al personaje que los usa" y deduce que esos trazos gráficos pueden representar mensajes culturales.

Previa o simultáneamente con esta observación, Burns estableció con recursos lingüísticos y analizando los sonidos del quechua y los diferentes alfabetos latinos que se hicieron para darle escritura moderna, que con diez consonantes podían gratificares sus sonidos. Se da cuenta, igualmente, que cada una de esas diez consonantes interviene en las palabras correspondientes a los números del 1 al 10. Por ejemplo, la T corresponde a la palabra quechua Tawa que es el número 4. La Ch a chunka que es el 10. La S a soqta que es 6, P a pusaq que es 8, J a Juk que es el 1, etc. Burns establece como premisa que los antiguos peruanos, cuyo sistema numérico era decimal, adaptaron a ese sistema su alfabeto de consonantes.

Con estas premisas y su alfabeto de diez consonantes, Burns trabajó sobre los dibujos de Guamán Poma, cotejando los de todos y cada uno de los incas y cada trazo gráfico del dibujo con cada letra de su alfabeto decimal. (Si es difícil sólo explicarles somera y livianamente, para que tengan una idea de cómo se descubre la escritura inca, pueden imaginarse el trabajo de Sísifo que Burns ha desarrollado a lo largo de más de tres décadas. Para empezar, cuando él llegó al Perú sólo hablaba inglés. Para cotejar las palabras que se iban formando al aplicar su alfabeto con los signos de Guamán Poma, tenía que recurrir a diccionarios castellano-quechua. Hoy también los sigue consultando, pero con un gran conocimiento de nuestro idioma nativo que le permite trabajar, actualmente, en un nuevo libro sobre gramática quechua.)

Guamán Poma en realidad dejó un acertijo y para crear dificultades introdujo algunos signos castellanos como trampas. Burns volvió, como buscando auxilio, sobre tejidos y cerámica inca. Se dio cuenta que las letras que se dibujan en papel y que llevan curvas, no pueden ser reproducidas exactamente en los tejidos. Una S echada o vertical, para facilitar el trabajo de textilería puede modificarse, sin perder su esencia, en forma de líneas. Algo semejante a la escritura manual con los tipos de imprenta. Una tela incaica o unko, con sus variados diseños, le dio la ayuda que necesitaba.

Finalmente se hizo la luz en el trabajo de Burns: sus premisas fueron acertadas. El alfabeto de diez consonantes coincide con los diseños de Guamán Poma. Aplicándolos se lee el nombre de cada inca, que coincide con el texto que en español escribió sobre cada uno de sus dibujos. Pero no sólo el nombre sino el comentario que añadió. Por ejemplo, cuando habla del anciano inca Tupaj Yupanqui dice en quechua: “Rimaq taurita kiputa yupan" que traducido es “lo que el viejo dice, el kipu cuenta".

William Burns ha aplicado el alfabeto a textiles y cerámica incaicas y ha descifrado los mensajes. Es notable, por ejemplo, la interpretación de un aríbalo inca, que a mí, como quechua hablante me ha convence definitivamente. El aríbalo incaico es un cántaro de cuello largo y base cónica, considerado como una joya de la cerámica del antiguo Perú, comparable en la belleza de su diseño a un ánfora griego. En la franja central del aríbalo examinado están dibujados signos que coinciden con el alfabeto descubierto por Burns. La lectura dice: “Chuspi tupsa" que en castellano significa "la mosca que pica". Las franjas, superiores e inferiores del aríbalo, están dibujadas con moscas, libélulas y abejas. Si hubiera sido la única comprobación, se podría conjeturar como casualidad. Pero la del aríbalo era, por lo menos, la vigésima.

La primera pregunta que uno se formula sobre el alfabeto de diez consonantes es: ¿cómo se puede leer con un alfabeto sin vocales? Burns demuestra que no hacerlo con facilidad es por el hábito a nuestro alfabeto e idioma actual. De manera que sí se pueden leer consonantes consecutivas. El primer alfabeto inventado por los fenicios era solo de consonantes. Hay algunos idiomas, como los eslabos, en los que las palabras están formadas mayoritariamente por consonantes. Me acuerdo, en este momento, el nombre de algunas ciudades checas como Brno, Plsen- o Znojmo; las polacas Gdansk, Bydgszcz, Szcsecin. En lenguas de otro origen, como las húngaras Ujpest, Szehzard, Kecskmet. En checo, un helado se escribe así: Zsmrslina. Yo lo he pedido en los restaurantes de Praga como esmersilina y me han entendido a pesar de mi pronunciación bárbara. Creo que igual me hubieran entendido si hubiera dicho “marcelina". Tal vez por eso me decían: “pronuncias el checo como una vaca española, pero el helado me lo servían.

Otro hábito que Burns destierra para su trabajo, es la escritura de palabras separadas. Se pueden juntar perfectamente y su lectura es cuestión de acostumbramiento. En alemán, por ejemplo, se juntan palabras como los trozos de anticucho.

El siguiente paso dado por nuestro Champollion fue examinar la yupana o tabla de cálculo de los incas, en las cuales se realizan con rapidez y sin error posible las cuatro operaciones fundamentales de la aritmética. En suma, resta, multiplicación y división, los españoles jamás pudieron ganarle ni igualarle en velocidad y exactitud a los indios “ágrafos y bárbaros". Estos con sus yupanas y los españoles con lápiz y papel.

El razonamiento de Burns fue el siguiente: si el alfabeto inca fue decimal, no tuvieron dificultad en sustituir cada letra por un número. Para aplicar esta premisa, Burns utiliza la yupana dibujada por Guamán Poma y reemplaza los números colocados en forma de puntos negros por el indio. La lectura es increíble: en quechua se lee la palabra “Rimaisimi". Traducido al castellano significa “la boca que habla" o lo que ayuda a hablar. ¡Más claro ni el agua! La yupana que sirve para calcular, también sirve para escribir conceptos. Es como una boca que habla. Todas las cifras que se anotan en la yupana fueron pasadas luego al Kipu. Igualmente podían ser trasladadas las letras y, en consecuencia, los conceptos.

Finalmente Burns hizo la demostración de escribir palabras en un kipu elemental o numérico. Para ello utilizó una oración quechua cuya traducción al castellano es: “Mañana, cuando recuerden lo que estoy escribiendo hoy, viviré en sus corazones". Reemplazó las letras de cada palabra por su número correspondiente y luego lo trasladó al kipu. Si se sabe de memoria el número que corresponde a cada letra, la lectura es muy fácil. Con ayuda de una regla y mi cuadrito de letra-número, no he tenido dificultad para interpretar la frase.

A los 75 años de edad, William Burns Glynn sigue investigando kipus con la misma pasión de hace 40 años. Varios estudiosos extranjeros, entusiasmados con el libro “Legado de los Amautas" de Burns, han empezado a colaborar con su autor, a tal punto que ha recibido en préstamo, algunos kipus de colecciones particulares. Su desafío ahora es descubrir el sistema de los colores en los complicados sistemas calificados como kipus perfectos. Cuando terminé de estudiar, más que leer, el "Legado de los Amautas" busqué en la guía telefónica si figuraba el nombre de su autor. Me contestó con un fuerte acento inglés. Me dio la impresión que estos casi cuarenta que vive en el Perú, se ha interesado más en el runasimi que en el castellano que, desde luego, lo domina pero sin preocuparse por la entonación. En cambio los difíciles sonidos quechuas los ha logrado pronunciar a la perfección.

Desde la primera conversación telefónica, Burns me trasmitió su preocupación y hasta temor que el quechua desapareciera en dos generaciones más como el idioma del Perú profundo, como ha sucedido con la lengua de los mochicas durante este último medio siglo. La única manera de salvarlo -me explicó- es alfabetizando al quechua hablantes en su propio idioma y no obligándolos a que lo hagan en otro idioma. “Ellos hablan en su lengua ancestral y para leer tienen que hacerlo en lengua extranjera, lo cual constituye un atentado contra sus derechos humanos y contra la cultura peruana".

El inca Pachacutec, convocó a los sabios de las distintas naciones que formaban el Tawantinsuyo, para que relataran y se perennizara la historia de todas y cada una de ellas. En el templo del Koricancha se dedicó un salón especial para que esta historia estuviera relatada en cuadros tejidos enmarcados en oro.

Hay que tener presente que en el incanato había escuelas dirigidas por amautas que estaban destinadas a la nobleza. De allí salían expertos los kipucamayoj y los Qelqacamayoj que eran los especialistas en números y en escritura. Por razones estratégicas su divulgación no se generalizó. Eran como secretos de estado y, ante el invasor, fueron guardados más allá de la tumba.

En referencia a la confesión, en la que los sacerdotes católicos examinaban el ánima y la conciencia a los penitentes españoles, se disponía que “el indio hiciera quipu de sus pecados".

Nadie ha puesto en duda la utilidad del kipo para llevar cuentas, estadísticas y registros. Los censos en el Tawantinsuyo eran obligatorios y permanentes. No sólo se registraba el número de habitantes de cada población, sino que se los clasificaba por sexo, edad, estado civil y aptitud para el trabajo. Sin estas estadísticas no hubiera podido funcionar el imperio.

Garcilaso, sin embargo, afirma que el kipu únicamente servía para la contabilidad y no para la escritura. El mismo se declaró experto en su manejo, cuando los indios lo buscaban para que cotejara sus cálculos hechos en kipu con los hechos con papel y tinta por los conquistadores para el pago de tributos. Las cuentas de los indios, según el cronista mestizo, eran infalibles.

Tengo duda sobre la afirmación de la exclusividad numérica del kipu, basado en el hecho que Garcilaso, al fin y al cabo, era hijo de un capitán español, autoridad principal de los conquistadores en el Cusco y, en consecuencia, sus parientes maternos pudieron guardar ante él algunos secretos, como no le confiaron tampoco el conocimiento de la lengua que, aparte del quechua o lengua nacional, utilizaba el gobierno inka y la nobleza, relatado por el propio escritor. Ese dialecto real desaparecido para siempre se llamaba Tampu.

Garcilaso, cuyo bisabuelo materno era el inka Guayna Qapaq debió haber conocido el otro lenguaje que utilizaron sus parientes maternos, sobre todo por un viejo tío que le relató gran parte de la historia y autor de la famosa frase “trocósenos reinar en vasallaje". Si no lo aprendió es porque no quisieron enseñarle.

Hay, a pesar de lo dicho por Garcilaso reveladoras afirmaciones de otros historiadores contemporáneos suyos, recogidos en el libro “El legado de los Amautas" de Burns Glyn y de otros que transcribo de otros libros:

De la misma manera que los habitantes del Tawantinsuyo se negaron a rebelar el tratamiento de la piedra o los lugares donde se encontraban las minas de oro del inca, o los sitios donde los cusqueños escondieron la cadena de oro de Huascar o los norteños de Tumbes cantidades fabulosas de esmeraldas, tampoco divulgaron ante los españoles las claves para descifrar su escritura.

Reconocer, en el tiempo de la conquista y del coloniaje, que los habitantes del Tawantinsuyo escribían y leían con un sistema propio, ingenioso y efectivo, hubiera sido la negación de que se trataba de gente semisalvaje o bárbara a la cual se podía reducir en forma despiadada.

Pocos años antes de que en el extranjero lleguen a esas conclusiones, Burns Glynn ha descubierto e identificado el alfabeto inca de diez signos de la escritura inca en ceramios, tejidos de ropas y mantos como de los signos dibujados por Guaman Poma en los vestidos de los incas.

Aplicando ese alfabeto de consonantes -que pueden ser leídas en distintas direcciones- ha interpretado los mensajes quechuas que, al ser traducidas al castellano, coinciden con las descripciones de los incas, recogidas por los historiadores de la conquista.

Lo más sensacional es la lectura que Burns hace de la yupana, que es una sencilla y efectiva computadora de los incas para realizar las cuatro operaciones básicas de las matemáticas. (Los españoles con lápiz y papel, jamás pudieron ganarle a los indios en operaciones de suma y resta). Actualmente, con la yupana, en suma y resta, si no se le gana en tiempo a una computadora de última generación, por lo menos se le empata. Es como con el ábaco chino:

Como el alfabeto inca es de 10 consonantes, cada una de ellas se puede representar con un número. En consecuencia, el alfabeto se aplica a la yupana. Eso es lo que Burns hizo con la yupana dibujada por Guamán Poma y el resultado fue la palabra quechua RIMAISIMI, cuya traducción al castellano es “lo que ayuda a hablar" o “boca que habla".

Todos los datos registrados en la yupana se trasladaban al kipu. Por eso habían quipus bastante complicados, con hilos principales, secundarios y subsidiarios de estos y con diversas tonalidades de color.

Los misterios del kipu, como registro numérico, prácticamente los ha descifrado. El desentrañar los registros de palabras y conceptos, es el desafío que William Burns ha aceptado. Con su alfabeto y la yupana, tiene medio camino recorrido.

El conocimiento que a través de este sistema de comunicación se podía divulgar sobre secretos de estado, obligó a Atahuallpa a ordenar, desde su prisión en Cajamarca, que se destruyera muchos kipus.

Los conquistadores con algún nivel de ilustración sí sabían que el indio peruano tenía su propio sistema de escritura, totalmente ajeno y extraño y al que no pudieron acceder aunque los más cultos se quedaban sorprendidos y admirados.

La iglesia también lo supo y al principio lo utilizó al autorizar a los indios conversos que, para no olvidar sus pecados, los anotaran y guardaran en sus kipus para el momento de la confesión. Pero después los combatió porque también los “utilizaban para transmitir y mantener sus idolatrías"

En 1583, el primer concilio provincial de Lima ordenó “la destrucción de todos los kipus que sirven de libro a los iletrados, mediante los cuales se perpetúa la memoria de los ritos y ceremonias antiguos Los kipus, reconocidos como “libros que perpetúan la memoria, se destruyeron y quemaron por decenas o centenas de millares en todo el Tawantinsuyo. Así se incineró, junto con el palacio de Pukinkancha, nuestro primer archivo nacional, es decir, nuestra memoria histórica, porque “con kipus y cordeles se gobernó todo el reino".

Post Data:
En esta carta me he referido varias veces “al indio Felipe Guamán Poma", a quién con acierto se le ha llamado el “último qelqacamayoc". Es decir el último encargado de interpretar los quipus y las qelqas. El fue un indio auténtico que durante muchos años luchó por sus derechos como descendiente de la nobleza. No se sabe si realmente lo fue. La manera como defendió sus derechos durante la colonia está documentado en un libro, cuyo título es conmovedor: “Y no hay remedio".
Guamán Poma, se llamaba así mismo “indio ladino", porque se convirtió al cristianismo, aprendió el castellano y su escritura, pero su lengua materna fue el quechua. Hablaba además varios dialectos y fue un buen dibujante. El libro que escribió estuvo perdido casi 400 años.
Guaman Poma terminó de escribir su “Nueva Crónica y Buen Gobierno en 1587, presumiblemente a los 80 años de edad. Su libro, enviado a España nunca se publicó y al parecer no llegó a manos del Rey de España. Nadie supo de él durante cuatro siglos. Recién en 1908 fue descubierto, intacto, en la Biblioteca Real de Copenhague. Una verdadera fortuna para los peruanos.

El manuscrito original tiene 1,200 páginas y centenares de dibujos. En la época en que fue escrito hubiera sido imposible una reproducción fidedigna de sus dibujos.

Burns establece que el alfabeto incaico tenía diez consonantes, los mismos que se pueden transferir a números. Para llegar a esta conclusión, rompe los esquemas mentales que todos tenemos por hábito de la escritura y lectura del español y de otras lenguas de alfabeto latino, en los que la lectura es de izquierda a derecha.

El otro hábito que descarta es la lectura de sílabas formadas por consonantes y vocales. De manera que sí se pueden leer consonantes consecutivas. El primer alfabeto inventado por los fenicios era exclusivamente de consonantes.

Hay algunos idiomas modernos en los que las palabras están representadas mayoritariamente por consonantes. De las que me acuerdo en este momento, entre las lenguas eslavas: la palabra checa equivalente al helado se escribe Szmrslina. Alguna de sus ciudades son Brno, Plisen- o Znojmo. Las ciudades polacas: Gdansk, Bydgszcz, Szcsecin; o las húngara Ujpest.

Hace un trabajo similar con la yupana. Con lo cual demuestra que los signos o letras se pueden trasladar perfectamente a la yupana y a los quipus.
 
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TRANSFORMANADO LA NATURALEZA

En una carta anterior afirmé que aquí “se inventaron tierras agrícolas donde no las había”. No fue una frase exagerada. Es rigurosamente cierta, aunque más preciso sería decir: aquí se fabricó tierra cultivable en extensiones que superaron las 600 mil hectáreas en el lugar que antes ocupaban los abismos. Esta proeza no figura entre las siete maravillas del mundo, sencillamente porque el geógrafo griego que hizo la clasificación vivió convencido que la tierra era plana y que no existía nada fuera de Europa, Asia y Africa.

Convencidos, como debieron estar, del control y manejo de los recursos hídricos, de traer y llevar el agua por donde se proponían, el problema en la sierra era, como es hoy con nuestra endiablada geografía, la escasez de tierras para la agricultura. Para conseguirla había que realizar una revolución en la naturaleza. Modificar el perfil de cerros y montañas. Romper sus laderas y hacer desaparecer abismos y precipicios, y convertirlos en anchos terraplenes. De paso, inventar un nuevo paisaje.

Lo que según la mitología andina les enseñó el Dios Wari, un milenio antes de que aparecieran los incas, se hizo realidad. Comenzaron a tallar la pared de las montañas para construir, a manera de escalinatas, amplias terrazas y fueron subiendo terraplén por terraplén hasta llegar a los niveles ecológicos indispensables para los cultivos. Hicieron desaparecer el declive de numerosos cerros y los convirtieron en explanadas sucesivas. Sencillamente transformaron la geografía tallando montañas.

Como es lógico, los andenes en superficie van de más a menos. Las inferiores pueden alcanzar varias hectáreas de extensión y se van reduciendo conforme se elevan siguiendo el contorno y la forma de los cerros. El aprovechamiento fue al máximo. Los últimos alcanzan para “dos o tres hiladas de maíz, como describió Garcilazo.

Nuestros indios geniales inventaron una nueva agricultura, denominada por Luis E. Valcárcel como “agricultura vertical”, que es semejante a cultivar alimentos en miles de “macetas gigantes” que, como el Titán de la mitología parece que hubieran pretendido asaltar el cielo con esta proeza. Y, en algunos de ellos, levantaron muros interiores “porque habían comprobado que, después de irrigar las tierras, el agua las dilata, fenómeno que traía como consecuencia el derrumbe del muro exterior”.

En otras palabras, cuando tallaron los cerros, en realidad no estaban haciendo otra cosa que fabricar gigantescas macetas vacías. Para completar la obra hacía falta trasladar y fabricar tierra vegetal y rellenar esas macetas. Recién entonces estaban aptas para recibir la semilla y producir. Recién entonces los montes se convertían en verdaderos, auténticos y prodigiosos jardines colgantes.

No estoy hablando de docenas, sino de millares de andenes. Sólo en el distrito de Pisac y en el Valle Sagrado de los Incas pueden contarse por miles. No hay una provincia de Cusco sin andenería. Y, en prácticamente toda la sierra del Perú, de Apurimac a Cajamarca y en las regiones de lo que fue el Tawantinsuyo. Valcárcel recoge el siguiente dato:

Las andenerías “son tantas que haciéndose un cálculo curioso se ha dicho que con las piedras que forman los muros de contención de los andenes se podría trazar un muro de 2 m. de alto y 50 cm. de ancho que diese la vuelta al mundo”.

Los agrónomos modernos al analizar la composición orgánica del suelo de los andenes, quedan sorprendidos al descubrir que no era una masa compacta de tierra, sino una superposición de capas, tal como recomienda la tecnología moderna para airearlas, debido a que las semillas durante su germinación aumentan de temperatura y respiran. Me asombra pensar que en aquellos tiempos ya hubieran alcanzado esos conocimientos.

La andenería cumplió, además, otras finalidades, como evitar los aludes o waycos y la desertización de los cerros que es un problema que afronta nuestro planeta en forma creciente. Los vientos, la lluvia excesiva y el calor barren la capa de tierra que cubre los cerros y las superficies y pronto las convierte en desiertos, como los cerros de Lima que son colinas pétreas, grises, donde ya no es posible que pueda volver a crecer ni una brizna de hierba. Son paisajes lunares. Por los andenes y otras obras más, los indios peruanos son considerados hoy como los primeros ecologistas del planeta.

Mientras unos hombres cambiaban con sus andenes el paisaje de los cerros, simultáneamente otros construían los caminos y los conductos por donde viajarían las aguas hacia las cumbres de esas montañas en transformación, porque tierra sin agua no es tierra.

Con qué procedimientos e instrumentos hicieron túneles, canales y rompieron y pulverizaron roca viva para sus terraplenes Nadie tiene una respuesta segura y mi imaginación no alcanza para estas especulaciones. Espero que algún día los arqueólogos descubran este y otros enigmas.

Fue, sin duda alguna, un trabajo de titanes. Nuestra mitología andina se merecía un Hércules. En cada nivel, para evitar el desmoronamiento, construyeron paredes de piedra en todo el contorno del andén. Esa fue, sin embargo, sólo una parte de la proeza. Hasta ese momento lo que se hizo fue cortar el perfil y la falda de colinas y montañas. Pero, como en todo cerro que se corte en cualquier sentido, lo que se obtiene es superficie de piedra y no de tierra. Los cerros, como la superficie del suelo, son roca revestida por una capa de tierra. Esa capa es el humus, sinónimo de vida, porque sin humus la vegetación es imposible.

El siguiente paso consistió en rellenar esas terrazas, hasta cierta altura, con “tierra vegetal” y protegerla con cercos de piedra. Parte de esa tierra debió ser traslada de otros lugares y parte fabricada en los mismos terraplenes, en base a arcillas, arenas finas y gruesas, limo, vegetales fermentados y en descomposición, y de otros contenidos nutrientes como estiércol de aves y otros animales, hasta alcanzar una textura adecuada del suelo y transformarla en tierra fértil. Los análisis modernos de estos terrenos creados por el hombre, han encontrado entre otros materiales, conchas de abanico de exclusiva procedencia marina.

Hay que imaginar que previa a la construcción, debieron elaborarse proyectos con la participación de conocedores en diversas materias que hoy estarían a cargo de ingenieros civiles, agrónomos, hidráulicos, botánicos, ejecutivos, administradores que debían definir procedimientos y solucionar problemas como herramientas, traslado de enormes cantidades de materiales de desmonte y el traslado de materiales necesarios para la fabricación de tierra agrícola y, muchos otros expertos para decidir la realización de una obra compleja, presumiblemente con miles y miles de trabajadores que deberían haber sido alimentados y alojados en campamentos temporales. Parece que antes de iniciar una obra, construían maquetas a escala del proyecto. En el departamento de Apurimac se ha encontrado una piedra de por lo menos tres toneladas de peso, que hoy se conoce como la Piedra de Sayhuite. En realidad es una maqueta en la que han tallado, en miniatura, canales de riego, caminos, puentes, túneles y campamentos.

En este punto tengo una pregunta sin respuesta segura, solo especulativa. Para llevar agua a una montaña, necesariamente hay que sacarla desde un lugar más elevado, por mucha que sea la distancia, por el principio de los vasos comunicantes: el agua busca su nivel. Para los expertos no existían otros obstáculos insalvables. El principio del sifón no era posible aplicar en estos casos, como si se los aplicó para el agua potable.
La pregunta es: ¿cómo medían la altitud los hombres del antiguo Perú? Los ingenieros hidráulicos no conocían el altímetro para las alturas, ni el densímetro para calcular la “conducta" de las aguas en sus represas. ¿Cómo saber si un manantial o un gran ojo de agua está a igual, mayor o menor altitud que otro en un cerro distante, a donde debe llegar el agua y que no se ve porque hay otros cerros de por medio?

Para medir la distancia vertical que separan las cumbres de dos cerros, es decir: ese cerro es más alto que este otro en tantos metros, existe en la actualidad un instrumento llamado catetómetro. Con él no hay necesidad de trepar a la cumbre de las montañas con un altímetro en la mano.

¿Qué altímetro o catetómetro tuvieron los indios peruanos para no equivocarse y hacer llegar el agua hasta donde se proponían? Si carecían de teodolitos para trazar sus caminos -que son los más directos de cuantos existen- y de altímetros para el nivel de las cumbres, ¿cómo hicieron lo que hicieron? El único recurso para la solución de estos problemas pudo ser la geometría y la topografía. Sin ella, tampoco hubiera sido posible el zodiaco de Nasca.

Finalmente, con altímetro o sin él, lo cierto es que el agua llegaba a la cumbre de los cerros y de allí por una red se irrigaban todas y cada una de las terrazas, sin excepción ni desperdicio. En la mayor parte de los andenes se trabajaba bajo riego. Pocas eran a secano. En consecuencia, para la siembra en los andenes no había que implorarle al dios Wiraqocha, ni al Sol, para que enviara lluvia.

Con el talento de los indios del antiguo Perú era suficiente.

ASTRONOMIA

La camioneta en la que hace algunos años viajaba con tres periodistas europeos al valle de La Convención, se plantó a más de 4,500 mil metros de altitud. Estábamos bordeando las nieves eternas del Salqantay, a poco menos de cien metros para alcanzar el abra e iniciar el descenso hacia el otro lado de la montaña. Al motor le hacía falta agua y a nosotros oxígeno para respirar. La palidez de mis colegas parecía cadavérica. Los tres mostraban síntomas típicos del mal de altura. Cada pulsación la recibían en las sienes como martillazos insoportablemente dolorosos. El que peor se puso fue el polaco, Ryszard Kapuscinski, que en ese tiempo comenzaba a ser famoso por su libro “La Guerra del Fútbol” sobre un conflicto bélico en Centro América.. Ryszard respiraba con una cadencia tan lenta, que daba la impresión que en cualquier momento se detendría. Aspiraba el enrarecido aire haciendo fuerza con todo su cuerpo, balanceándose adelante y atrás mientras su rostro estaba bañado de un sudor frío.
Bajé del vehículo, recomendándoles que evitaran el mínimo esfuerzo. Tampoco mis condiciones eran óptimas, a pesar de haber nacido, vivido y jugado deportes rápidos hasta mis 17 años a 3.500 m. de altura. En medio de la desolación de ese paisaje impresionante, con la cumbre, como una cúpula gigantesca de nieve siempre amenazando desplomarse, divisé como a 300 metros hacia abajo, una choza de piedras y paja. Pensé de inmediato que la salvación sería un puñado de hojas de coca y fui en su búsqueda. La bajada fue fácil, porque en la bajada todos los santos ayudan. Al regreso, mi corazón andino se portó a la altura de la cordillera.
Fuimos afortunados. El único habitante que hallé en la choza era un viejo, o tal vez sólo parecía viejo porque desde la conquista, en el trapecio andino, a los 40 años ya se es anciano y la expectativa de vida no alcanza al medio siglo. Nuestro salvador sólo hablaba quechua. Tenía una bolsa de coca, la llipt‘a, que es un carbón que activa la hoja y, un “tomín” o vasija de diseño inca, con agua.
Se llamaba Ilaco Raymi y me acompañó a la camioneta, con el depósito de agua sobre el hombro. No hablamos en el trayecto, porque estábamos de subida. A esas alturas se avanza con el corazón, más que con las piernas, y en cada palabra parece que a uno se le va la vida. Al llegar, me impresionó el estado lamentable de mis colegas.
Con Ilaco Raymi les instruimos sobre la técnica de la masticación de la hoja de coca. Que masticaran mordiendo pequeñas porciones de ese carbón y sólo tragaran el jugo, como si se tratara de goma de mascar. Desde luego que yo también armé mi bollo entre encía y carrillo. Uno puede masticar ingentes cantidad de hojas de coca sin ningún resultado. Inocuo, como comer pasto. Sin embargo, apenas la hoja se combina con la saliva y el carbón, cuyos componentes se han trasmitido durante siglos, se produce un adormecimiento en toda la cavidad bucal hasta hacerse completamente insensible, exactamente como cuando el odontólogo anestesia para extraer una pieza dental o una curación profunda. Luego la saliva que se va pasando, adormece todo el trayecto, desde la garganta hasta el estómago. Desaparece cualquier dolor, la sed y el apetito.
Para mis compañeros de viaje el remedio fue prodigioso. En menos de un cuarto de hora comenzó la resurrección. Para que no me pregunten sobre el destino de mis colegas, les diré que cumplimos con nuestro programa de trabajo. De regreso, cada uno se llevó de La Convención una bolsa de coca y su porción de llipt‘a. Estaban maravillados con la medicina. Ilaco Raymi recibió como pago de cada uno, incrédulo y sorprendido, lo que podría ser un pago por honorarios médicos. No era para menos.
En el intervalo entre la agonía y la resurrección de mis colegas, conversé con Ilaco Raymi. Su mujer había bajado al valle para vender ocas deshidratadas y comprar sal, azúcar y fósforos. Me dijo que al día siguiente empezaría a preparar la tierra y sembrar, porque en un mes más empezarían las lluvias.
¿Cómo y por qué, sin tener un almanaque ni saber leer, estaba seguro que en un mes y no antes o después, comenzaría a llover? Su respuesta me reveló su ancestral sabiduría.
“Hay unas aves me dijo —mientras me indicaba la dirección del vuelo— que aparecen en el cielo y revolotean; no sé si juegan o se acarician por parejas” Ese era el primer aviso del inminente cambio de estación. He olvidado el nombre quechua de esas aves migratorias. El otro indicio eran los vientos que se arremolinan y levantan tirabuzones de polvo detrás de una elevación que también me señaló. Eso coincidía con la luna llena. La próxima luna plena probablemente sería invisible por las nubes y la lluvia.
Ilaco Raymi era un meteorólogo innato. El conocimiento para observar los fenómenos naturales, lo llevaba en los genes, heredados de nuestros más remotos antepasados.
No debieron ser tan sencillos y elementales los problemas que se les presentaron a los contemporáneos del hombre de Paqaiqasa hace 10,000 años en las alturas de Ayacucho. Ellos comían lo que encontraban, generalmente animales hoy inexistentes. Como eran errantes, buscaban a sus presas trasladándose de un lugar a otro. No tenían idea del provecho que podían sacarle a la tierra ni a la lluvia.
Para el hombre de Toquepala, hace 9,600 años, los problemas debieron haber sido menores que para el de Paqaiqasa. Menos trashumantes que sus predecesores en estas tierras, habían perfeccionado la elección de las piedras y los palos para la cacería. Sabían que después de las lluvias los campos verdecían, florecían y aparecían frutos agradables que mataban el hambre. De manera que cuando se acababan esas plantas, abandonaban la caverna en busca de nuevos vegetales.
Mucho más debieron saber los hombres de Toquepala puesto que, como les relataré después, nos han dejado hasta pinturas rupestres. Casi dos milenios más joven que el hombre de Toquepala, cerca a lo que hoy es Ica, vivió, también en cavernas, el hombre de Paracas; menos troglodita que su antecesor, y menos trashumante también. Este hombre descubrió que colocando algunas plantas y semillas bajo la tierra, renacerían con el agua de la lluvia. Estos hombres probaron con éxito, el cultivo de la calabaza, el tomate y la yuca o mandioca silvestres. De esta manera estuvieron entre los primeros horticultores del mundo.
Su mayor problema fue no saber cómo fijar el tiempo para el inicio de las lluvias. Pero por lo menos ya estaban seguros de que para anticiparse, tenían que observar el cielo, las nubes y la cercanía o lejanía del sol y los cambios del rostro de la luna.
Casi contemporáneos con los habitantes de Paracas —o tal vez menores en unos cuantos siglos— vivieron en la sierra los hombres de Jaywamachay. Ellos aprendieron horticultura y entre las plantas que cultivaron estuvo el achiote. En lo que superaron a los Paracas, fue en la domesticación de animales, posiblemente la llama, la alpaca y el cuy, a los que terminó haciéndolos vivir en corrales. El hombre de Jaywamachay es considerado el primer domesticador de animales del nuevo mundo. Sus contemporáneos europeos seguían siendo todavía trogloditas.
Con el transcurso del tiempo, los progresos de los antiguos peruanos en horticultura fueron indetenibles. Al convertirse en agricultores se volvieron sedentarios. Cultivaron camote, maíz, papas, frijoles, quinua, maní. Hace 4,500 años domesticaron el algodón y conocieron frutas como la lúcuma, el pacae y la chirimoya.
Estos avances debieron ser paralelos a sus conocimientos de astronomía y metereología. Como Ilaco Raymi, sabían ya la proximidad de los tiempos de la siembra y de la cosecha. Sin embargo, les hacía falta precisión y, para esa precisión necesitaban conocimientos matemáticos superiores.
Con seguridad que ningún habitante del planeta tuvo las dificultades que soportaron los hombres que eligieron esta tierra para afincarse en ella. Les tocó, como escenrio de vida, uno de los lugares más difíciles y duros del planeta. En primer lugar, una geografía desdichada que, Raimondi, primero y Humbold, después, compararon con un papel estrujado y arrugado.
En segundo lugar, uno de los doce países más pobres en agua dulce, junto con Egipto, India, Arabia Saudita y otros países africanos. Si yo creyera que algún ser sobrenatural moldeó la geografía peruana, le reprocharía sus imperdonables errores. Aplastando el territorio y paralelo al mar, se asienta la inmensa cordillera de los Andes, con montañas que alcanzan los 6,700 m de altitud. Entre las faldas de esos cerros y el mar se extiende una costa larga y angosta. Al otro lado de las cumbres nevadas, la selva interminable. El gran proveedor del agua para costa y selva es la cordillera con el deshielo de sus cumbres, eternamente blancas. Es sin embargo, un distribuidor muy injusto y arbitrario.
Como consecuencia a esa desigual distribución, la costa es un desierto con pocos oasis que corresponden a cada uno de los escasos ríos —ninguno navegable y la mayoría no llega al mar— que descienden del Ande hacia el Pacífico. La costa, por falta de agua, es un eriazo de dos mil kilómetros de largo con unos cuantos oasis o valles.
Casi todos los ríos se van al otro lado, hacia el Atlántico, a la selva, convertida en otro gigantesco eriazo por exceso de agua. Un reparto más equitativo nos hubiera convertido en un edén para la agricultura, en consecuencia, para la vida.
Técnicamente la proporción está medida en los siguientes términos: el 98% del agua dulce en el Perú está en las vertientes orientales, en la Amazonía; el 1.5% en las vertientes del Pacífico y el 0.5% en la vertiente del lago Titicaca.
Otra rareza del Perú es que en la mayor parte de la costa no llueve nunca. En la sierra, únicamente tres meses por año, mientras que la selva vive bajo un diluvio casi permanente.
Para nuestros antepasados, el territorio y el clima fueron un desafío que ellos asumieron plenamente, dispuestos a vencerlo. De todos los problemas, los más angustiantes consistían en la escasez de agua en la costa y en no saber en qué momento llegaban las lluvias a la sierra.
En el primer caso, la solución consistía en derrotar al desierto mediante el riego Para el segundo, era indispensable medir el tiempo e inventar un calendario preciso. Para lograrlo había que observar el cielo y los astros. Esta necesidad los convertiría en astrónomos y metereólogos notables.
Hace dos mil años, nuestros antepasados inventaron y construyeron el calendario astronómico o mapa sideral más gigantesco del planeta. Son las líneas de Nasca que abarcan más de 500 kilómetros cuadrados de extensión. Este inmenso mural pareciera diseñado desde el cielo, en “escalas fuera de la estatura humana y utilizando reglas kilométricas inexistentes”. Por eso algunos estudiosos extranjeros han atribuido la obra a seres extraterrestres.
Las líneas de Nasca fueron una respuesta precisa al problema del conocimiento del tiempo, indispensable para los agricultores del antiguo Perú, muy anteriores a los incas.
Hace poco falleció, a los 93 años de edad una alemana, llamada María Reiche, que amaba al Perú más que a nada en el mundo. Y en el Perú, amó más todavía, unas pampas desérticas, ubicadas al sur, en la provincia de Nasca. A esa región pedregosa, casi lunar y sin vida, dedicó la suya, renunciando al amor, al dinero, a las comodidades más elementales y a la música para la que, como pianista, tenía condiciones innatas.
María Reiche, ingeniera matemática de profesión, llegó muy joven al Perú. Vivió un año en Cusco y allí se enamoró de nuestro pasado. En Lima buscó, para que le diera trabajo aunque no le pagara sueldo, a un científico cuyo nombre no quisiera que olviden nunca: Julio C. Tello, padre de la arqueología peruana.
La primera vez que María Reiche tocó la textura de un manto de Paracas — un tejido multicolor fabricado en lana y algodón hace más de dos mil cuatrocientos años— fue de manos de Julio C. Tello. Antes los había admirado en el museo. Después de contemplar ese universalmente incomparable tejido fino, multicolor, cuadriculado, con figuras estilizadas de humanos, animales, plantas y de figuras geométricas, que se reproducen en varios cuadros, María Reiche se convenció que las figuras correspondían a una escritura del antiguo Perú y que dedicaría su vida a descifrarla.
Sin embargo, María Reiche no cumplió su promesa, porque conoció al historiador norteamericano Paul Kosok, quién en 1939 le conversó sobre la existencia de las famosas líneas de Nasca que se extienden interminables en el desierto. Desde ese momento cambió la vida de la joven matemática alemana. Al estudio de ese gigantesco y aparente laberinto de dibujos dedicaría el resto de su existencia.
Las líneas de Nasca fueron descubiertas en 1926 por el arqueólogo peruano Toribio Mejía Xesspe. El levantó un plano inicial y buscó infructuosamente ayuda oficial para realizar los estudios. Como no lo consiguió, buscó a Paul Kosok para explicarle su descubrimiento. Este los observó desde un avión y creyó inicialmente que se trataba de una irrigación antigua, contrariamente a lo afirmado por Mejía Xesspe. Kosok estudiaba en el Perú las irrigaciones precolombinas, de manera que incluyó en su proyecto las que pensó correspondían al plano del arqueólogo peruano.
La sorpresa de Kosok fue grande cuando comprobó que en esas pampas de Nasca no había ninguna irrigación. Las líneas eran dibujos sobre un inmenso pedregal. Se trataba de representaciones gráficas hechas sobre un desierto de piedras y cascajo, tal como sostenía Mejía Xesspe. Conforme avanzaban los trabajos, Kosok —que ya había encontrado la figura de un gigantesco pájaro— se dio cuenta que los diseños tenían fines astronómicos.
Kosok invitó a María Reiche a visitar las Pampas de Nasca. Le aseguró que se trataba “del libro de astronomía más grande del mundo”. Poco tiempo después le cedió la posta. Ella descubriría que las líneas y dibujos que halló Toribio Mejía y el pájaro que encontró Kosok eran sólo el comienzo. Luego, en años de trabajo, limpiando ese inmenso pedregal de 50 Km de largo, descubriría figuras parecidas a las del manto de Paracas Cada figura era enorme, imposible de abarcar con la vista desde la superficie. Para apreciarlas hay que verlas desde el cielo.
¿Quiénes? ¿Cómo y para qué dibujaron, cavando ligeras y superficiales zanjas y empredrando los costados sobre pampas interminables? “Parecieran hechas por manos de gigantes con reglas kilométricas” fue el primer pensamiento de la científica alemana.
Esas figuras no estaban a la vista. Las había cubierto el polvo durante siglos. María Reiche se llevó al desierto cuatro escobas, una escalera de tijera, un pequeño telescopio, un teodolito prestado, dos cantimploras con agua —una para beber y otra para refrescarse—, y una provisión de plátanos, camotes y galletas como único alimento. Y empezó a barrer el polvo del enorme desierto.
María barría de día y, por la noche, observaba el cielo con su telescopio hasta quedarse dormida en una hondonada del yermo, usando una piedra como almohada. Tenía un vestido amplio y suelto y un par de alpargatas de pita elementales, de las más baratas que existen en plaza. Salía de la pampa sólo para proveerse de alimentos, de agua y de más escobas que siempre se gastaban muy rápido. Era la solitaria del desierto. En decenas de kilómetros a la redonda era la única habitante del inmenso pedregal, sin agua, con un sol que caía a plomo en el día y con vientos fríos por la noche.
Un día descubrió el inicio de una huella que la siguió con su escoba, evitando que sus pies la estropearan. Al cabo de varios meses había completado la limpieza. Cuando la observó desde el vértice de su escalera de tijera de dos metros de altura, sus ojos acerados contemplaron una enorme figura zoomorfa perfectamente delineada que no estaba pintada sino ligeramente cavada, como una acequia superficial en el desierto.
Más de medio siglo pasó María Reiche estudiando esas huellas que, mediante libros, artículos periodísticos y conferencias, ha hecho famosas en el mundo, especialmente entre los hombres de ciencia y ha intrigado la imaginación de la humanidad. No exagero si les digo, por las preguntas que me han hecho en el exterior, que hoy esas líneas son tan conocidas, por lo menos de nombre, como las pirámides de Egipto.
El escritor de ciencia ficción, Erich von Däniken, en su libro “Recuerdos del Futuro” las describe como obra de extraterrestres que la prepararon para pista de aterrizaje de naves de lejanas galaxias. Con el mismo título de la novela, se hizo una película. En realidad, hace más de dos milenios los antiguos peruanos hicieron ese trabajo, porque sabían de astronomía y les interesaba su estudio y conocimiento, en función de su existencia y bienestar.
María Reiche concluyo una interpretación al respecto: “Los antiguos peruanos, hace dos mil años, han sido matemáticos verdaderos, con una matemática superior y muy diferente a la nuestra”. Las líneas fueron dibujadas en pequeña y luego reproducidas en gigantesca escala. La Reich ha descubierto la “Unidad de Nasca”, concepto matemático que permitió la realización de esa gigantesca obra.
Para ella, las líneas de Nazca son un “mapa estelar”, porque sus figuras tienen relación con la astronomía, puesto que señalan la dirección del sol, la luna, las estrellas y constelaciones. Si se superpusiera la constelación de Orión sobre la araña, coincidirían todas sus líneas. El mono gigante corresponde a la Osa Mayor.
Nadie conoce el inmenso zodíaco de Nasca como María Reiche. En más de medio siglo ha recorrido palmo a palmo ese enigmático escenario, con sus escobas, su escalera de tijera y algún teodolito ajeno. Las pocas veces que se ausentó, lo hizo para viajar, principalmente a Europa, para que el mundo conozca y admire esta maravillosa mezcla de ingenio, ciencia y misterio.
María consiguió una habitación en el pueblo más cercano a las pampas. Esa habitación está llena hasta el techo de los planos, los mapas y los kilómetros de papel que ha utilizado para realizar los cálculos matemáticos que la condujeron a desentrañar parte de los enigmas del calendario.
Ha volado sobre las líneas, en avión, helicóptero y en globos precarios, y realizado el trabajo inverso al de sus constructores. Ha reducido los gigantescos dibujos a sus escalas originales, con lo cual ha abierto las puertas del misterio al establecer la escala en la que estuvieron diseñados. Hasta el final de su vida siguió allí y sus restos quedarán para siempre en esas pampas.
¿Por qué esos dibujos no parecen hechos por mano humana?
No sólo por su extensión Hay un reptil de 188 m de largo. La araña, 46 m “Un pájaro —120 m de longitud— con cuello en forma de culebra, tiene un pico más largo que el cuerpo, cuello y cabeza juntos, señalando el sol naciente en el día del Inti Raymi” (24 de junio). Un pez, considerado como dibujo pequeño, tiene 25 m. El ancho de las rayas varían de 0.40 m a l.10 m en todas las líneas y figuras.
El pico de otro pájaro enorme, termina en un grupo de líneas. La última de éstas señala la puesta del Sol, cada 21 de diciembre, conocido como el solsticio de verano. Otra línea coincide con el 21 de junio que es el solsticio de invierno en el Hemisferio Sur. Hay 48 pájaros y numerosas espirales de diferentes tamaños. Figuras geométricas y, en las pendientes de los cerros, figuras humanas. Hay rayas que marcan el orto y el ocaso del Sol y de la Luna.
En las pampas de Nasca, y en una extensión de 500 km2 existen más de diez mil líneas, algunas de las cuales son paralelas ininterrumpidas a lo largo de decenas de kilómetros. Estos dibujos no están hechos en una superficie plana como una mesa de billar. Por el contrario, las figuras avanzan sobre las elevaciones y depresiones de un terreno pedregoso. De un desierto de piedras y no de arena. Algunas suben y bajan por las colinas. Lo sorprendente es que sus trazos y direcciones no se modifican ni en milímetros por las dificultades del terrero.
Los topógrafos actuales difícilmente podrían imitarlas con sus teodolitos electrónicos y sus rayos lasser. Sobre todo las gigantescas espirales cuyo sistema de construcción ha desentrañado María Reiche. Los científicos simplemente las admiran y sostienen que los que dirigieron las obras debieron tener conocimientos matemáticos superiores y “un nivel cultural insospechado”.
Según María Reiche, como los autores de los dibujos no podían volar, solo en la imaginación podían percibir el aspecto de sus obras concluidas. En otras palabras: los que dibujaron las figuras nunca pudieron verlas desde el aire y tampoco al mismo nivel porque no se aprecia absolutamente nada. Las líneas de Nasca no fueron hechas con fines estéticos, si no fundamentalmente para medir el tiempo.
Una de las convicciones de María es que “el proceso de planear y convertir una escala a otra necesita una mente capaz de formar conceptos abstractos, una facultad de razonar que debe haberse encontrado en por lo menos parte de la población”. Lo afirma nada menos que una ingeniera matemática.
Como la preocupación vital de la antigüedad era la medida del tiempo, en otras regiones de lo que hoy es el Perú hicieron los mismos esfuerzos y estudios astronómicos, aunque no con los procedimientos espectaculares de los nascas. Sin embargo, recogieron, sus experiencias para ámbitos menos extensos y con métodos diferentes.
Un ejemplo de lo anterior es la piedra de Calango, en la provincia de Cañete. El petroglifo se llama “Qoillor Sayana” o el “lugar donde descansan las estrellas”. Sus tallas son de medio centímetro y los trazos parecen pulidos por lijas finas y materiales abrasivos. Están relacionadas con constelaciones.
En Maranga —Lima— se descubrió que en la Huaca de los Tres Palos, hay 96 pozos ubicados en la plataforma principal. En cada pozo, un tronco proyecta su sombra producida por la luz del Sol. Las sombras referidas a marcas convencionales señalaban el tiempo, es decir, los meses, días y horas. Al igual que el calendario de Nasca, el de Lima es anterior al imperio de los incas.
Cuando los españoles llegaron al Cusco, encontraron en los cerros que rodean a la ciudad, otro tipo de observatorios astronómicos, destinados a medir los solsticios y equinoccios de invierno y de verano y, con seguridad, los días y las horas.
Se trataba de dos grupos de pilares ubicados en la cumbre de dos cerros situados frente a frente con la ciudad entre ambos. Ocho pilares de piedra de distintos tamaños, dispuestos en dos filas de a cuatro cada una en cada cerro. El conjunto se llama susanqa y cada pilar saywa. Cada columna terminaba en un disco, también de piedra, con un orificio central para dejar pasar y proyectar la luz del sol. Esa proyección debía coincidir con rayas empedradas de diferentes colores sobre el piso, frente a los pilares. Los astrónomos estaban a cargo de su interpretación.
Garcilaso de la Vega alcanzó a conocer estos grupos de pilares astronómicos y los dejó todavía en pie 1560. Uno sobre el cerro Carmenqa y otro sobre el de Pijchu. Señaló igualmente que en la plaza principal de la ciudad, había un pilar pequeño. Se refería a un usno, cuyas sombras y señales eran interpretadas por expertos. Con seguridad que estas señalizaciones, entre otras, marcaban también las horas, los días y los meses. Hoy no existe ni el polvo del recuerdo de esa susanqa ni sus saywas, ni menos el usno de la plaza principal. Fueron destruidos por los exterminadores de idolatrías.
Sobre la precisión en la hora, Wamán Poma escribió: “Y para no errar la hora y día se ponían a mirar en una quebrada y miraban al salir y apuntar del rayo del sol de la mañana como viene por su ruedo, volteando como reloj entienden de ello; y no le engaña un punto el reloj de ellos, que seis meses voltea a la derecha y otros seis a la izquierda vuelve”.
En el Qorikancha se encontró un disco calendario, muy parecido al zodiaco azteca, que recibió el nombre de Calendario Echenique que era el apellido del gobernante del Perú en el momento del hallazgo. El Calendario Echenique, es hoy el emblema del Cusco. En el altiplano existe un observatorio astronómico no estudiado aún, que podría haber sido construido por la cultura Tiawanaco.
Sin embargo, el observatorio astronómico más complejo de los Andes, construido por los incas, está en Pisaq. Su propio nombre lo indica: Intiwatana (para amarrar al sol). Fue creado como un centro religioso—astronómico. Distribuidos dentro y fuera de la ciudadela existen varios sistemas de medición del tiempo y de orientación geográfica.
Un abogado cusqueño, condiscípulo mío, Victor Angles Vargas, dedicó muchos años de su vida a estudiar la ciudadela de Pisac y estableció que esta ciudadela fue, fundamentalmente, el mayor centro astronómico, geográfico y religioso del Tawantinsuyo y que del templo del Sol salían líneas (seqes) hacia los cuatro puntos cardinales, coincidentes con las salidas del Cusco hacia los cuatro suyos. Tawantinsuyo, se traduce como los cuatro puntos cardinales con un centro u ombligo que es Cusco.
En muchas ciudades del Tawantinsuyo, existen los intiwatana –para amarrar al Sol- que son bloques circulares de una sola pieza, de cuyo centro se eleva una masa rectangular que va angostándose en el vértice. Su finalidad es registrar las sombras que proyectan al ser iluminados por el Sol. Uno de los intiwatana de Pisac y el de Machupijchu son idénticos.
El conocimiento de la astronomía permitió a nuestros antepasados realizar verdaderas proezas en la agricultura, gracias a lo cual han contribuido a la alimentación de la humanidad. Es sorprendente que con ingenio, matemáticas y con los elementos primarios con los que contaban, llegaran a conocimientos que hoy se comprueban con las técnicas del siglo XX.
En quechua, el observatorio astronómico tiene un nombre: Susanqa; el reloj solar, Intiwatana. El año, wata; el mes killa. El día, p‘unchau. La noche, tuta. La hora, waykuche. La quincena chiktaquilla. El eclipse de sol, Inti wañuy. El de Luna, Killa wañuy. Las estrellas, qoyllur. Venus, Illareq Ch‘asca, etc.
No se sabe desde cuando, pero en el Tawantinsuyo, el año estaba dividido en 12 meses y 365 días. El mes de 30 días —Waman Poma dice que algunos meses tenían 31 y 32 días—, la semana 10 días y el mes 3 semanas. El décimo día de la semana era feriado como el domingo actual.
Va a ser muy difícil que puedan pronunciarlo, pero no resisto la tentación de darles el nombre de los 12 meses del año en el Tawantinsuyo. El año del Tawantinsuyo, por disposición de Pachacutec, se iniciaba en diciembre. No por capricho sino porque coincide con el inicio del retorno del sol del último punto de Capricornio que es el trópico más cercano a Cusco:
Qapac Raymi (diciembre), Kamay (enero), Hatun Poqoy (febrero), Pacha P‘ucuy (marzo), Ariwaki (abril), Hatun Kusqui aymoray (mayo), Aukaykuski Inti Raymi (junio), Jawa warkis (julio), Yupankis (agosto), Koya Raymi (septiembre), Uma Raymi (octubre) y Aya Marka (noviembre).
El erudito inglés William Burns Glynn, descubridor de la escritura de los incas, realizó un estudio revelador sobre el tiempo en el antiguo Perú, a partir del examen de una unkucha o esclavina ceremonial hallada por Tello en Paracas. Burns demuestra que los Paracas establecieron un año Venusiano de 225 días, “similar al cálculo actualizado por las modernas observaciones telescópicas”. El año venusiano es el tiempo que demora Venus en dar una vuelta al Sol.
Igualmente, que el Año Trópico Parakense, previas correcciones que no se pueden todavía establecer, duraba 365.2421994753 días, lo que “comparado con la estimación obtenida por la astronomía moderna que es de 365.242329907 días, da una aproximación sorprendente”.
Burns llega también a la conclusión que el “periodo de lunación según la antigua astronomía peruana fue determinada en 29.529646 días y, de acuerdo a los modernos conocimientos astronómicos este se fija en 29.53055, lo que permite pensar en un alto grado de exactitud astronómica” También establece, “con asombro, un ciclo para el periodo de eclipses de 18.6 frente al estimado de 18.61 del cálculo moderno”
¿No les parece maravilloso? Hace más de dos mil años no había nacido todavía Cristo en el otro lado del mundo y aquí, nuestros antepasados, ya eran matemáticos y astrónomos verdaderos. ¿A qué niveles de conocimiento hubieran llegado si su avance cultural no hubiera sido violentamente interrumpido por la invasión y la conquista?
¿Y por qué Ilaco Raymi, el hombre que con un puñado de coca, salvó la vida de tres periodistas europeos a más de 4,000 metros de altura, tenía que orientarse viendo todavía el vuelo de las aves y el polvo de los vientos, como si fuera contemporáneo del hombre de Toquepala y a las puertas del siglo XXI?
Creo que tengo la respuesta: la invasión o conquista, en muchos aspectos, hizo retroceder a los Ilaco Raymi de esta tierra no centenares sino milenios.
 
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Carta 2

Queridos Alejandro y Sebastián:

Hoy se me ocurrió cambiarles el orden en el encabezamiento. ¿Por qué tiene que ir siempre primero el nombre del hermano mayor? Vamos a romper esa costumbre. Lo haré en forma alternativa, porque eso del mayorazgo o primogenitura corresponde a abolidos derechos arcaicos y apenas sobrevive en monarquías de por sí decadentes. Fuera de estos círculos carece de importancia. En todo caso, dejen al abuelo que también en estas pequeñas cuestiones sea contestatario.

En mi carta anterior lamenté no haber dedicado mi vida al estudio de nuestra historia, en lugar de trabajar exclusivamente con la actualidad pasajera, que es a lo que nos dedicamos los periodistas. El descubrimiento de mi vocación perdida, más que tardía parecería extemporánea. Sin embargo, cada vez que busco el pasado encuentro mayores motivos para sentirme admirado y, en consecuencia, orgulloso de la vida y de la obra de nuestros ancestros indígenas. Y más orgulloso todavía de hablar, como materno, el quechua, su viejo y poético idioma, aunque imagino no el más antiguo.

La admiración que tengo por nuestros antepasados indios es porque tuvieron la inteligencia necesaria para adelantarse en muchos aspectos y, en otros, por lo menos equiparar a sus contemporáneos de otras latitudes, sin haberlos conocido ni haber tenido noticias de su existencia.

Todos los progresos extraordinarios alcanzados por los que antiguamente poblaron este territorio —desde el cero absoluto— lo tuvieron que aprender e inventar por sí mismos. Solos, sin asesores ni intercambios, con sus realizaciones y aportes a la humanidad, demostraron que fueron algo más que inteligentes. Fueron, en verdad, sabios geniales. Tan geniales como los sabios griegos o egipcios en sus épocas de esplendor.

Como todos los que inicialmente poblaron la tierra, los nuestros vivieron etapas de barbarie y salvajismo, pero cada día fueron progresando, en todos los ámbitos de la vida, hasta alcanzar niveles sorprendentes que recién están siendo conocidos y reconocidos.

Los nuestros escogieron para vivir una de las regiones más difíciles de la tierra, con una geografía de muchos abismos y menos llanuras, semejante a la de un papel bastante arrugado y, para dominarla, tuvieron que transformar la naturaleza y el paisaje.

Nuestros antepasados convirtieron las montañas y sus abismos en jardines colgantes, junto a los cuales los famosos jardines de Babilonia parecerían macetas.
Allí domesticaron plantas y animales.

Sus médicos descubrieron el valor medicinal de las plantas, practicaron la medicina psicológica, incluyendo la inducción al sueño y su interpretación y, en cirugía, alcanzaron a operar en el cerebro.

Convirtieron la momificación y el embalsamamiento en una ciencia y un arte insuperables hasta nuestros días. Los restos de sus emperadores, muertos siglos atrás, mostraban los rostros frescos como si acabaran de fallecer, lo que fue calificado por los cronistas de la conquista, como “los muertos vivientes del incanato”.

Sus ingenieros hidráulicos aprendieron a cambiar el curso de los ríos, a frenar la velocidad de la caída de sus aguas y llevarlas a través de cerros y quebradas por canales superficiales y subterráneos.

Extrajeron el agua del subsuelo para trocar desiertos en jardines. Inventaron la distribución del agua potable y el sistema de alcantarillado para que las calles de sus ciudades no se inundaran con las lluvias.
Conocieron y aplicaron los principios del sifón y de los vasos comunicantes. En una palabra, aprendieron a manejar la conducta de las aguas.

Sus arquitectos levantaron muchas ciudades y fortalezas, como Chavín de Wantar, Cuelab, Wari, Pisac, Sacsaywamán, Ollantaytambo o Machupicchu, dignas de figurar, cualquiera de ellas, entre las siete maravillas del mundo antiguo.

Sus constructores, como si hubieran sido gigantes, trasladaron enormes y pesadas “rocas vivas” y tallaron la piedra como si tuviera la consistencia y la suavidad de la madera.

Sus ingenieros civiles construyeron cerca de cincuenta mil kilómetros de amplios caminos enlosados y empedrados, venciendo abismos, ríos caudalosos y pantanos, con comodidades increíbles para los viajeros, como alojamientos, agua potable y con arboledas que los protegieran con sus sombras.

Caminos como los del Tawantinsuyo no los hubo sobre la tierra. No sólo son los más directos, sino que para construirlos tuvieron que inventar y construir túneles, puentes colgantes, puentes flotantes, oroyas, calzadas en los pantanos, desfiladeros bordeando precipicios y pasos volados como balcones sobre abismos. Obra inigualada y verdadera maravilla admirada por la humanidad ilustrada.

Sus botánicos y agrónomos, domesticaron plantas silvestres para convertirlas en productos útiles e indispensables para la alimentación, la medicina y la industria actuales.
Papa, tomate, girasol, maíz, frijoles, pallares, maní, batata o camote, yuca o mandioca, zapallo, etc. o frutas como la chirimoya, granadilla, lúcuma, plátano, papaya, palta y muchas más, son una muestra de la contribución del Tawantinsuyo a la alimentación de la humanidad. El antiguo Perú es el país que más ha aportado al mundo con plantas domesticadas útiles al hombre.

Fueron indios peruanos los que descubrieron los fertilizantes orgánicos para la agricultura y los primeros habitantes del planeta en emplear el guano de las aves y la anchoveta como alimento para las plantas.

Para llevar el guano de las islas a la costa —navegando casi mil kilómetros—crearon un transporte marítimo eficiente.

Tuvieron que ser auténticos genios para solucionar dos problemas alimentarios en forma simultánea: primero, ¿cómo conservar alimentos para evitar su deterioro y putrefacción ? y,
¿cómo mejorar el transporte de esos productos para distribuirlos a través de esta inmensa y caprichosa geografía?

Resolvieron estos problemas inventando la deshidratación de los alimentos, tanto animales como vegetales. La papa, por ejemplo, convertida en chuño y moraya, por deshidratación, —es decir extrayéndole el agua alcanza una duración indefinida y reduce notablemente su peso, lo que facilita su transporte.

El mismo tratamiento dieron a otros vegetales, incluyendo plantas acuáticas como el yuyo y qochayuyo. Deshidrataron también la carne de camélidos, aves, peces y otros animales, secados al sol luego de un periodo de saladura.

Los habitantes del antiguo Perú fueron los primeros ecologistas del mundo. Construyeron centros experimentales con diferentes niveles, para seleccionar semillas y realizar injertos, y adaptarlos luego a los diversos climas del inmenso país, del que conocieron ocho niveles ecológicos. Castigaban con penas severas a los que mataran animales que podrían extinguirse como especie.

Casi todos los principios y las técnicas básicas de la minería y la metalurgia moderna la crearon nuestros ancestros desde hace 3,500 años.

En la metalurgia realizaron proezas técnicas inexplicables para su tiempo. Les adelanto un ejemplo. Para fundir el platino se requiere elevar su temperatura a 1770 grados celsius. Mucho más que para fundir el acero. Sin energía eléctrica, nuclear ni combinación de hidrocarburos, que son patrimonios del siglo XX, lo hicieron los indios de esta tierra hace 3,000 años.

Para crear las joyas que nos han legado, tuvieron que emplear técnicas como el laminado, la aleación, el trefilado, el bruñido, la soldadura autógena y el electrum. Maestros en la filigrana de oro, distinguieron piedras preciosas como la esmeralda y el arte de su lapidación.

Como astrónomos nos han dejado calendarios o zodiacos fabulosos, como las líneas de Nasca, cuyos dibujos parecen “imposibles de realizar por manos humanas” y los intiwatanas, con los que marcaban el tiempo con precisión cronométrica.

Recién se está descubriendo que los cálculos de los años solar y venusiano de los Paracas fueron casi idénticos a los realizados en nuestra época, con satélites artificiales y rayos laser.

Únicamente se pueden explicar esas precisiones por un conocimiento matemático superior. Para abreviar los cálculos con las cuatro operaciones elementales de las matemáticas, inventaron la “yupana” semejante al ábaco chino. Los conquistadores europeos, con lápiz y papel, nunca pudieron ganar a los indios, ni siquiera igualar en las cuatro operaciones aritméticas elementales. Los cálculos con sus”yupanas”, son rápidos y exactos.

En operaciones de suma y resta, a una yupana incaica no le gana ni una computadora de última generación. Para que no crean que exagero, les explicaré el por qué: para realizar sumas en una calculadora o computadora tienes que escribir los sumandos y luego apretar una tecla. En la yupana conforme trascribes las cifras, aparecen simultáneamente los resultados.

Para algunos historiadores fue la arquitectura el arte mayor de los antiguos peruanos. Para otros, fue la textilería, como técnica y como arte.

No existe, ni ha existido nunca, en ninguna civilización antigua o contemporánea, una textilería que se la pueda comparar. Ni los gobelinos franceses del siglo XIX, las artesanías chinas en seda ni los confeccionados con las nuevas tecnologías programadas por computadora en nuestros días.

La textilería del antiguo Perú, simplemente es incomparable. “No hay que buscar el hilo perfecto. Este ya fue hecho por los antiguos peruanos” afirma William Murphey, experto en textiles de la Biblioteca de Washington. Quiere decir que la hilandería, proceso previo a la textilería, alcanzó la perfección.

Al igual que la tintorería. Los tintes que fabricaron resultaron indelebles no a través de siglos sino a través de milenios.

Las técnicas básicas del tejido inventadas antes y perfeccionadas hace 2,500 años en el Perú, con sus hilos dispuestos en tramas y urdimbres, siguen siendo las mismas que la de nuestros días Se han mejorado y modernizado los procedimientos, pero sobre los mismos principios esenciales.

Con esos recursos técnicos, los maestros de Chavín, Paracas, Wari, Chancay o Qosqo, elevaron sus confecciones a la categoría de arte insuperable. No sólo utilizaron lana y algodón, sino plumas de aves, vellos de murciélago y metales laminados más delgados que el espesor del papel de esta carta.

Los tejidos del Perú, con centenares de variedades de color, son precursoras del arte pictórico contemporáneo, como el arte abstracto, expresionismo y surrealismo.

Son tan perfectos y deslumbrantes que, hasta cerca de mediados del siglo XX, no se los pudo reproducir con exactitud en la imprenta. Para ello ha sido necesario el perfeccionamiento de la fotografía, de la separación de colores en la fotomecánica para las impresiones en offset y nuevas técnicas en la preparación de tintas poligráficas.

La cerámica, alcanzó igualmente la jerarquía de arte por el dominio de sus formas y colores. Algunas cerámicas son consideradas precursoras del cubismo. La pintura nasca está expresada en su cerámica. Mochicas, chimús, waris e incas nos han dejado su arte escultórico en arcilla. La cerámica inca llegó a su perfección con el aríbalo, émulo de cualquier ánfora griega.

Nada de lo indispensable para el funcionamiento de una sociedad civilizada, refinada y culta les fue ajena. Sus sabios, llamados amautas, sus poetas o harawek, científicos, inventores, artistas y artesanos, fueron debidamente honrados y distinguidos. Y, para asegurar la superación de las nuevas generaciones, a la mayoría de ellos los hicieron maestros en las universidades para hombres o yachay wasi y en las femeninas o ajlla wasi.

La organización política, social y administrativa que alcanzaron en el Tawantinsuyo son igualmente notables. Es cierto que no conocieron la democracia política, puesto que al igual que sus contemporáneos europeos y del resto del mundo, sus gobernantes adquirieron poder indiscutible al considerarse descendientes de sus respectivos dioses. Lo único distinto entre un inca o un rey inglés, francés o español, es que el primero afirmaba ser descendiente del sol y los otros del padre eterno.

A diferencia de los demás, los gobernantes del Tawantinsuyo practicaron una democracia social y económica. Como derecho natural y social de todo ser humano, al nacido en el Tawantinsuyo le estaba asegurado vivienda, alimentación, vestido y trabajo.

La justicia fue rápida y drástica y, ante ella, fueron iguales todos sus habitantes, comenzando por su clase dirigente. Existían leyes y jueces para que las hicieran cumplir.

Les relataré, con más detalle estos y otros temas, y les conseguiré unas fotografías e ilustraciones que superarán objetivamente todas mis deficiencias narrativas. Cuando las vean, pregúntense cómo fue posible que en esos tiempos tan lejanos hubieran progresado tanto.

Nada copiaron ni aprendieron de otras latitudes. Fueron siglos o milenios de duro trabajo y sacrificio. De pensar, activar y poner en funcionamiento las neuronas cerebrales. Todo lo consiguieron exclusivamente con su talento y con sus manos.

De allí, y quizás todavía de más atrás, comienzan nuestras verdaderas raíces. Ellos son los auténticos padres y madres de esta patria.

HEREDEROS DE UN PAIS FASCINANTE

Queridos Sebastián y Alejandro:

Detrás de los ventanales del edificio del aeropuerto los vi, muy seguros, dirigirse al avión que los llevaría al viejo continente. Tu, Alejandro, avanzabas mirando de costado la gigantesca nave, tomado de la mano de tu mamá.

Parece, Sebastián, que querías demostrar que no era tu primer viaje, porque te adelantaste a tu papá y subiste las escalinatas como un veterano. Luego, desaparecieron en un instante y me dio la impresión que la nave los había devorado. Lo último que vi de ustedes fueron sus mochilas fosforescentes de colegio. No nos hicieron adiós como los demás pasajeros que agitan las manos al vacío.

Las despedidas se vuelven más penosas, cuando nos ponemos más viejos, porque pensamos que, para nosotros, pudieran ser las últimas. Sin embargo, cuando ustedes se embarcaron y el avión trepó como un balazo y se perdió entre las nubes, más que esa madura tristeza me invadió una preocupación.

Pienso, desde ese momento hasta hoy que les escribo esta carta, en la facilidad que tiene el ser humano para trasplantarse y adaptarse a todas las latitudes y altitudes del planeta. Por ejemplo, un habitante del caluroso África Ecuatorial logra finalmente aclimatarse en las gélidas y casi congeladas ciudades del norte escandinavo y viceversa.

En este aspecto, también los humanos somos más fuertes y resistentes que muchos animales y vegetales. El bello cervatillo almizclero de las altas y heladas montañas asiáticas, no podría sobrevivir, en libertad, en nuestra Amazonía. Ni la gigante anaconda de nuestra selva, en los territorios del cervatillo. El poderoso elefante sucumbiría muy pronto en el altiplano andino. Lo mismo que una vicuña trasladada a la tierra del elefante.

Para los tulipanes holandeses, la luz del día en el trópico y aun en la zona subtropical les será de corta duración y no podrán abrir sus maravillosos pétalos. Nuestra dura palmera de chonta no podría siquiera germinar en los dominios del tulipán.

El hombre, sí. Con sacrificio y hasta dolor puede cambiar de escenarios contrapuestos y terminar echando raíces en lugares distantes y distintos de la tierra en que nació. Esa virtud del ser humano, sin embargo, en este caso, fue mi mayor preocupación.

Cuando el ruido del avión acabó por desaparecer de mis oídos, tuve la sensación que ustedes eran como las ramas pequeñas del tronco familiar que estaban siendo desgajadas, con raíces casi inexistentes o muy pequeñas, como las vellosidades de las semillas recién sembradas. Pensé que esas raicillas crecerían, engrosarían y se profundizarían en otras tierras. Se vitalizarían de diferentes climas y nutrimentos y terminarían perdiendo parte importante de su identidad.

Allá conocerán nuevos amigos, aprenderán otros idiomas, se adaptarán a diferentes costumbres y estudiarán una historia distinta de la patria en que nacieron y hoy la dejan. Esto, les confieso, me produce sentimientos opuestos, contradictorios. A pesar de la preocupación y de la pena, estoy contento de la posibilidad—que como horizontes ilimitados— se les abre para el futuro.

Yo que nunca he creído en los adivinos, quisiera vislumbrar ese futuro y conocer vuestro destino. Pero, como ese poder sólo existe en labios de charlatanes, me quedaré únicamente con la esperanza que regresen algún día a esta parte del mundo en que nacieron, para volcar en ella todo los conocimientos que acumulen en el oficio o el arte que ojalá sin equivocación elijan.

En cualquier caso, puesto que ustedes construirán su futuro, quiero que sepan que ambos nacieron en un antiguo país, temporal y transitoriamente empobrecido, pero maravilloso, poseedor de una historia lindante con la fábula. Regresen o trasplanten sus raíces en otras tierras, quiero que vivan orgullosos de la suerte que tuvieron de llegar a la vida sobre este retazo fascinante del planeta que hoy llamamos Perú.

Nunca he sido chauvinista, que es como se califica al patriota exagerado. Más bien me he sentido ciudadano del mundo, pensando que todos los seres humanos somos iguales, cualquiera que sea el color de la piel o de los cabellos, el credo que se profesa, el idioma en que nos comunicamos.

Por mi oficio de periodista he tenido oportunidad de conocer una parte del mundo y vivir largos años fuera de la patria. Recién entonces, a la distancia y muchas veces por comparación y con nostalgia, fui descubriendo y tomando conciencia de la maravillosa herencia que hemos recibido de nuestros antecesores nativos y que hoy mismo —como será con seguridad mañana— hay compatriotas nuestros que siguen dando aportes en muchos campos de la ciencia, del arte y de la cultura.

Hace muchos años —imagínense que estaba recién casado— conocí en Buenos Aires a un pintor que había hecho desaparecer el negro y el blanco de sus cuadros, de sus ropas y de su vivienda. Este contraste cromático estaba proscrito de su vida y de sus obras. Se llamaba Benito Quinquela Martín y pasó su vida trabajando en un solo lugar: detrás de las ventanas de su atelier, frente al estuario del barrio de Boca, sobre el Mar del Plata. Pintaba siempre el mismo río, que con el ir y venir de las embarcaciones cambiaba todo el tiempo su escenografía. A sus cuadros de temas marinos sólo les faltaba el rumor de las olas y el olor de los mariscos.

Quinquela Martín me dijo que si fuera peruano, su trabajo sería diferente al que hacía normalmente, porque para sus obras se detendría en un lugar sólo el tiempo necesario para acabar un cuadro y que le faltaría vida para pintar todo lo que viera. En el Perú sería un pintor nómada, dijo. La diferencia de gran parte del mundo con su país, agregó, es que cuando se perfora la tierra, es posible que en otros lugares encuentren minerales o petróleo. En el Perú ustedes descubren, además de petróleo y minerales, ciudades milenarias, civilizaciones esplendorosas y, sobre todo, cultura.

(Cultura es todo aquello que el hombre cambia en la naturaleza. Me gusta la definición por su sintética brevedad. Es de cultura, de esa transformación de la naturaleza realizada por indios peruanos, para beneficio y admiración del mundo entero que quiero hablarles.)

Las palabras de Quinquela Martín eran sinceras y sabias. El Perú es todavía un país por revelar. Los conquistadores no nos descubrieron. Antes de llegar, sabían perfectamente de nuestra existencia, de nuestra ubicación geográfica y, sobre todo, de nuestra abundante riqueza en oro y plata. Vinieron con la seguridad de enriquecerse en una nación inmensa que ya existía y que temían, respetaban y admiraban sus vecinos.

Ese Perú antiguo se llamaba Tawantinsuyo y era el país más extenso del planeta. Pertenecían al Tawantinsuyo, todo lo que hoy son Perú, Ecuador, Bolivia, gran parte de Chile —hasta Concepción, a orillas del Bio Bio, mucho más al sur de Santiago—; Colombia hasta Pasto y, Argentina hasta Mendoza. El Tawantinsuyo era más grande que toda Europa Occidental y estuvo gobernado desde el Cusco.

Al verdadero Perú recién lo están empezando a descubrir a partir del siglo XX los historiadores, arqueólogos, etnólogos, lingüistas, musicólogos, científicos sociales y políticos y no para saquearlo sino para conocer su sorprendente y espectacular pasada grandeza.

Imagínense que cuando ustedes ya habían nacido, el arqueólogo peruano Walter Alva, al frente de un puñado de expertos, se puso a escarbar la tierra en el departamento norteño de Lambayeque. (Llama la atención el trabajo de los arqueólogos. Cada pulgada que cortan a la tierra, la empiezan a limpiar con brochas y pinceles, con la pasión, la prolijidad y el cuidado de los neurocirujanos, hasta que empiezan a descubrir signos reveladores de un tiempo remoto, desconocido, que hasta ese instante parecía perdido para siempre).

Lo que aparentaba ser un cerro, era en realidad una gran pirámide. Dentro de ella, en una tumba, el equipo de Walter Alva encontró los restos del señor de Sipán, con todos los adornos, vestimentas y distinciones con el que fue enterrado hace 1,700 años. Su descubrimiento fue admirado y saludado por el mundo científico. Historiadores y expertos, especialmente de Europa y Norteamérica, consideran al señor de Sipán como un descubrimiento tan importante como el de la tumba de Tutankamón en Egipto.

El trabajo no ha concluido con ese fabuloso descubrimiento. A poca distancia de Sipán, cuando ustedes ya empezaban a leer, se halló al Hombre de Sicán, del cual se presume que se trate sólo de un vasallo. La búsqueda es ahora por su emperador. Sipán y Sicán son dos pueblos que florecieron en este territorio y de los cuales no teníamos ni noticias cuando ustedes nacieron. En estos días, que releo estos mensajes que he decidido publicar, acaban de descubrir Caral, a doscientos kilómetros de Lima y está considerada como la ciudad más antigua del continente.

Otro arqueólogo peruano, el más eminente de todos, a pesar de haber optado primero el título de médico, Julio C. Tello, pasó su vida buscando ese Perú escondido que los siglos lo volvieron subterráneo y descubrió culturas sorprendentes y suntuosas, como las de Paracas, Nasca, Wiñay Wayna y, científicamente, Chavín. Otros arqueólogos continúan, como quería Quinquela Martín, escarbando el suelo, en busca del antiguo rostro del Perú sepultado por el tiempo.

Nos falta mucho por buscar. En el propio Cusco, para saber cómo vivieron los antecesores de los que fundaron el Tawantinsuyo, habrá que desenterrar lo que fue Markavalle y Aqamama.

Nuestras raíces son muy amplias y muy profundas. Son mucho más poderosas que sus troncos y sus inmensas ramas. Hasta mediados de la década de los setenta, creíamos que nuestra prehistoria se había iniciado hace 8,000 años con los hombres que habitaron las cuevas de Toquepala. Pero ese año —1975— se encontró en las alturas de Ayacucho, los restos de un peruano mucho más viejo que el de Toquepala: al hombre de Paqaiqasa, con cerca de 10,000 años de antigüedad.

El Perú no es pues un país improvisado o inventado por aventureros o inmigrantes en busca de futuro, ni el resultado de un conflicto internacional o de una transacción diplomática o estratégica. El Perú es un país muy antiguo, un viejo venerable y sagrado, con sus cimientos profundamente hundidos en las entrañas de esta tierra desde hace por lo menos 10 mil años. Como árboles eternos, sus antiguas raíces le aseguran que no habrá poda ni tala que pueda destruirla, porque renacería renovada. Esa es la importancia vital de su pasado.

Lamenté mucho la oportunidad de vuestra prematura ausencia, porque deben llevar todavía en la memoria y hasta en los oídos, frases despectivas propaladas por la ignorancia, contra nuestra población indígena. Estoy seguro que más de una vez escucharon la palabra indio convertida de sustantivo en adjetivo despectivo, como sinónimo de ociosidad, ignorancia y mentira. Algunos historiadores de la conquista los calificaron de bárbaros y bellacos para justificar las crueldades que cometieron contra ellos sus compatriotas invasores.

No tuvimos oportunidad ni tiempo para esclarecer debidamente estos temas. También yo, no sólo lo escuché y lo sigo oyendo, sino que lo estudié como historia, en versión de los vencedores que desprestigiaron y calumniaron a nuestros ancestros. Por eso les escribo esta carta, para tratar de mostrarles el talento y la grandeza de nuestros antepasados, nativos de esta tierra, con la esperanza de que algún día compartan conmigo el orgullo que tengo por esos indios milenarios.

Cuando hace cinco siglos los europeos pusieron sus pies en este territorio, no se encontraron con primitivos desnudos, bárbaros, ni salvajes habitantes de cavernas, disputándose a muerte animales para sobrevivir. Por el contrario, los europeos se encontraron con una inmensa nación, de arquitectos y constructores de ciudades y caminos, de agricultores avanzados, de científicos, de sabios, matemáticos y astrónomos, de médicos prodigiosos, de artesanos-artistas, de escultores, músicos y poetas, de sorprendentes maestros de la textilería, de inventores geniales. Una nación de titánicos transformadores de la naturaleza y del paisaje.

Los españoles llegaron a un país organizado bajo leyes respetables y respetadas, con avances espectaculares en todos los campos de la civilización y la cultura que, en muchos aspectos, superaban con amplitud a los del continente de los invasores y al resto de la humanidad.

El Tawantinsuyo, que los invasores conocieron y al que cambiaron de nombre por el de Perú, era la única sociedad en el mundo —pasado y presente— que no tenía hambrientos, desocupados ni mendigos, en la que estaban proscritas la mentira, la ociosidad y el robo y donde la moral y la solidaridad eran normas de vida entre sus habitantes.

Aquí termino esta carta. Seguiré, en el futuro, escribiéndoles sobre las proezas de nuestros antepasados, pero les anticipo que no pretendo enseñarles historia por correspondencia, porque, además, lamentablemente no soy historiador. Hoy me despido, entre otras razones, porque la abuela Carmen —que ya les ha escrito varias cartas— me pregunta cada día, cuándo por fin les envío la mía. Ella bromea y me pregunta si les estoy escribiendo mi testamento. Y no está lejos de la verdad, porque ¿qué mayor y mejor legado puede dejarles un abuelo a sus nietos que hacerles sentir, por el resto de sus vidas, el orgullo por su tierra natal y por sus antepasados?